La Niña marca actualmente el comportamiento climático del Ecuador, estrechamente vinculado a la dinámica de los océanos, en especial del Pacífico, cuya variabilidad define gran parte de las condiciones meteorológicas en la región costera.
En su fase más reciente, el fenómeno ha influido directamente en la disminución de lluvias y en la estabilidad térmica del mar frente al litoral ecuatoriano, de acuerdo con el análisis expuesto por Franklin Ormaza, oceanógrafo de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol), en entrevista con Manavisión Plus.
El especialista explica que el país se encuentra bajo la influencia de dos sistemas oceánicos distintos. Mientras la costa, la región insular y la ladera occidental de los Andes responden principalmente a lo que ocurre en el Pacífico, la Amazonía y la ladera oriental están condicionadas por el Atlántico. Esta doble influencia genera contrastes marcados entre regiones, incluso dentro de una misma estación climática.
En el Pacífico existen tres estados claramente definidos: El Niño, La Niña y condiciones neutras. Estos no se determinan por percepciones aisladas, sino por el seguimiento continuo de anomalías de temperatura superficial del mar en una zona específica conocida como región 3.4, ubicada a unos 8.000 kilómetros al oeste del Ecuador.
Cómo se define el estado climático del Pacífico
Para que se declare oficialmente un evento, las anomalías térmicas deben mantenerse por al menos cinco meses consecutivos y estar acompañadas por una respuesta coherente de la atmósfera. En el caso de La Niña, las temperaturas del mar se ubican por debajo del promedio histórico, con valores inferiores a -0,5 grados centígrados, lo que modifica la circulación de los vientos y reduce la humedad disponible para la formación de lluvias.
Durante gran parte de 2025, el país atravesó un periodo de neutralidad climática, dijo. Sin embargo, hacia finales de noviembre se confirmó el inicio de una fase fría, catalogada como débil, con anomalías negativas moderadas. Esta condición ha estado asociada a vientos del sur más persistentes, que transportan aire más seco y frío hacia la costa.
Como resultado, ciudades como Guayaquil, Manta y Salinas han registrado déficits de lluvia que superan ampliamente los promedios históricos, una situación que, aunque genera preocupación ciudadana, también ha tenido efectos positivos indirectos en otros sectores estratégicos del país, sostuvo en el diálogo.
Impactos regionales y efectos indirectos
Uno de los efectos menos visibles pero más relevantes de este escenario ha sido la estabilidad hídrica en la Amazonía y la región andina oriental. La conexión atmosférica entre el Pacífico y el Atlántico ha favorecido lluvias normales o superiores al promedio en esas zonas, permitiendo que los embalses hidroeléctricos mantengan niveles adecuados de almacenamiento.
Este factor ha sido clave para evitar una crisis energética, como la ocurrida en años anteriores, al garantizar la generación hidroeléctrica durante periodos críticos. Desde el punto de vista oceanográfico, el actual equilibrio ha contribuido a reducir riesgos económicos mayores, pese a las limitaciones que impone el déficit de precipitaciones en la costa.
En cuanto a la temperatura del océano, los registros muestran valores normales para la época, con rangos que van desde los 25 grados en el Golfo de Guayaquil hasta los 27 grados en el norte del litoral. Estas cifras no representan una señal de alerta inmediata y se encuentran dentro de los parámetros esperados para la estación.
Transición climática y posibles escenarios
Según el análisis de Franklin Ormaza, a partir de febrero se espera una transición gradual hacia condiciones neutras. Este proceso estaría acompañado por una disminución progresiva de los vientos del sur y un aumento de la humedad atmosférica, lo que permitiría el inicio más regular de la temporada lluviosa en ciudades como Manta y otras zonas de Manabí.
No obstante, el especialista advierte que existen antecedentes históricos que obligan a mantener la vigilancia. En 2017, pese a un escenario similar de fase fría débil, se produjo un calentamiento rápido y localizado de las aguas costeras provenientes de la bahía de Panamá, lo que desencadenó lluvias intensas durante varias semanas, con graves consecuencias en Ecuador y Perú.
Este tipo de calentamiento costero no implica la aparición del evento El Niño a escala global, pero sí puede intensificar la evaporación y la formación de nubes convectivas, elevando el riesgo de precipitaciones extremas en cortos periodos.
Agricultura, pesca y responsabilidad ciudadana
Desde el punto de vista productivo, las actuales condiciones oceánicas favorecen tanto a la pesca como a la agricultura. El mar presenta un entorno adecuado para especies como dorado, camarón y peces pelágicos, mientras que la ausencia de lluvias intensas reduce el riesgo de inundaciones en zonas agrícolas.
Sin embargo, el oceanógrafo subraya que muchos de los impactos negativos asociados al invierno no dependen exclusivamente del clima, sino de la intervención humana. La deforestación, la ocupación de zonas inundables y el deficiente mantenimiento de sistemas de drenaje multiplican los efectos de lluvias que, en otros contextos, no generarían mayores daños.
En este escenario, La Niña no debe interpretarse como una amenaza automática, sino como una fase climática que exige planificación, prevención y una comprensión adecuada de los procesos naturales. La preparación temprana de infraestructuras, viviendas y sistemas urbanos resulta clave para reducir riesgos.
Información, seguimiento permanente y efectos de La Niña
El seguimiento de estas condiciones se realiza de manera continua por instituciones como el Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi), el Instituto Oceanográfico y Antártico de la Armada del Ecuador (Inocar) y la Espol, cuyos equipos técnicos monitorean tanto el océano como la atmósfera. La información generada permite anticipar tendencias, aunque no predecir con certeza absoluta eventos específicos a largo plazo.
Ormaza enfatiza la importancia de recurrir a fuentes oficiales y científicas para evitar la desinformación, especialmente en redes sociales, donde interpretaciones apresuradas suelen generar alarma innecesaria. Comprender la variabilidad climática es fundamental para asumir que el invierno es un proceso natural recurrente, sostuvo en la entrevista.