Desde 2016, la ciudad de Medellín, Colombia, implementó el proyecto de Corredores Verdes para combatir el fenómeno de la isla de calor y la degradación ambiental tras décadas de crecimiento demográfico descontrolado.

La iniciativa, gestionada por la Secretaría de Medio Ambiente, busca mitigar las temperaturas extremas y mejorar la salud pública mediante la siembra masiva de especies nativas en ejes viales y quebradas, transformando el antiguo urbanismo de cemento en un ecosistema conectado que beneficia a más de 4 millones de habitantes en su área metropolitana.

El pasado de Medellín

El pasado urbano de la capital antioqueña refleja el desafío de muchas metrópolis latinoamericanas. En 1950, la ciudad contaba con apenas 300.000 habitantes, cifra que escaló a 2.3 millones a principios del siglo XXI.

Este crecimiento acelerado generó un tráfico denso, problemas críticos en la calidad del aire y una fragmentación social acentuada por periodos de violencia. No obstante, la ciudad inició una transición hacia la sostenibilidad que hoy permite el avistamiento de fauna nativa como loros, colibríes y zarigüeyas en zonas anteriormente dominadas por el tráfico vehicular.

La estrategia de renaturalización no es un hecho aislado, sino la evolución de proyectos previos de alto impacto social. Iniciativas como los parques biblioteca y las escaleras mecánicas en barrios periféricos sentaron las bases para que en 2016 Medellín recibiera el Lee Kuan Yew World City Prize.

Este reconocimiento internacional validó un modelo de gestión que prioriza la implicación de grupos sociales y la restauración de zonas degradadas, permitiendo que la naturaleza reconquiste el espacio perdido,  señala un artículo del periodista Juan F. Samaniego en el portal Cimática.

Bajo la dirección técnica de expertos como la arquitecta paisajista Marcela Noreña Restrepo, se desarrolló un manual de silvicultura urbana que trasciende la simple siembra. Este enfoque utiliza Soluciones Basadas en la Naturaleza (SBN) para reorganizar el paisaje y fortalecer la relación entre el ciudadano y su entorno natural, marcando un hito en el ordenamiento territorial del Valle de Aburrá.

Impacto de los corredores ecológicos

El núcleo de esta transformación reside en los 30 corredores verdes que se extienden por las principales carreteras y vías fluviales. Esta red abarca más de 70 hectáreas de espacios verdes que funcionan como conectores biológicos entre plazas y jardines verticales. Se han plantado más de 2.5 millones de plantas y cerca de un millón de árboles, lo que ha permitido una recuperación sistemática de la biodiversidad local en medio de la Cordillera Central de los Andes.

Los resultados cuantitativos respaldan el éxito de la iniciativa. En las áreas intervenidas, la temperatura superficial media ha disminuido en 3°C, proporcionando un alivio térmico crucial frente al cambio climático.

Además, se registra una reducción significativa de partículas contaminantes PM2,5, lo que se traduce en un ahorro estimado de 49 millones de dólares anuales en servicios de salud pública. Este proyecto fue galardonado en 2019 con el premio Ashden de la organización Cooling by Nature.

Más allá de los beneficios ambientales, el programa tiene una fuerte dimensión social. La manutención de estos espacios ha permitido la contratación de 150 jardineros provenientes de entornos vulnerables y minorías étnicas. Con una inversión inicial de 16.3 millones de dólares y un costo de mantenimiento anual de 625.000 dólares, el gasto por ciudadano se estima en apenas 6.50 dólares.

Proyecciones y sostenibilidad al 2036

El horizonte de Medellín apunta a una integración total de la infraestructura gris con la verde. La ingeniera forestal Ana María Villa Grajales señala que el plan estratégico actual contempla la intervención en aproximadamente 16.000 hectáreas. El objetivo es identificar nuevos pasos de fauna para conectar ecosistemas fragmentados y alcanzar una reducción de la temperatura media de hasta 5°C a largo plazo, absorbiendo más de 160 toneladas de CO2 al año.

La actual administración busca que el 30% de toda la obra pública nueva incluya obligatoriamente soluciones basadas en la naturaleza. Esto abarca desde pavimentos permeables y huertos urbanos hasta sistemas naturales de drenaje y protección de polinizadores. Esta política pública pretende asegurar que el crecimiento de la ciudad no comprometa su habitabilidad.

La visión hacia 2036 posiciona a Medellín como un referente global en resiliencia urbana. Al combatir el efecto isla de calor —causado por la retención térmica de materiales como el asfalto— de manera sostenible. (10).