La rivalidad entre Estados Unidos y China ha convertido a América Latina en un territorio clave. Comercio, inversiones y poder estratégico se entrecruzan en una región que ya no es solo espectadora, sino pieza central del tablero global.
Durante décadas, América Latina fue considerada por Washington como su área natural de influencia. Sin embargo, en los últimos años, un actor externo ha avanzado con paso firme y silencioso: China.
Su creciente presencia económica, financiera y estratégica en la región se ha transformado en una de las principales preocupaciones de Estados Unidos, especialmente bajo el liderazgo de Donald Trump, quien ha dejado claro que recuperar la hegemonía continental es una prioridad de su política exterior.
China es un socio importante para América Latina
La influencia china es hoy imposible de ignorar. El gigante asiático se ha convertido en el segundo socio comercial de América Latina, solo por detrás de Estados Unidos, y ya es el primero para economías clave como Brasil, Chile y Argentina.
Este ascenso no es casual ni reciente. En apenas dos décadas, China pasó de representar menos del 2 % del comercio exterior latinoamericano a superar los 500.000 millones de dólares anuales en intercambios. Un crecimiento vertiginoso que ha cambiado las reglas del juego.
Argentina es un ejemplo elocuente de esta dinámica. Mientras el gobierno de Javier Milei mantiene una alineación política casi total con Washington, la relación económica con Pekín sigue siendo indispensable.
Las importaciones chinas crecieron más del 60 % en 2025, muy por encima del promedio general, lo que demuestra que, incluso en países ideológicamente cercanos a Estados Unidos, China continúa ganando espacio. No resulta extraño, entonces, que desde el Tesoro estadounidense se haya advertido con dureza que Buenos Aires "debe salir de la esfera china".
Los aranceles de Donald Trump
La guerra arancelaria impulsada por Trump ha tenido efectos inesperados. Lejos de frenar a Pekín, ha reforzado su capacidad de adaptación. China ha reorientado exportaciones, diversificado mercados y cerró 2025 con un superávit comercial récord. En ese contexto, América Latina aparece como un destino natural para sus productos, pero sobre todo para sus inversiones. Y ahí radica la verdadera inquietud de Washington.
Más que el comercio, lo que preocupa a Estados Unidos es el flujo de capital chino hacia sectores estratégicos. Infraestructura, energía, minería y telecomunicaciones concentran buena parte de esas inversiones.
Brasil se ha convertido en el principal receptor de inversión china en la región, mientras que proyectos emblemáticos como el megapuerto de Chancay, en Perú, o las redes eléctricas y energéticas en varios países sudamericanos consolidan una presencia difícil de revertir.
China no ha llegado con bases militares ni discursos ideológicos. Su estrategia ha sido eminentemente pragmática: contratos, créditos, obras y acuerdos comerciales. Bancos públicos chinos han concedido miles de millones de dólares en préstamos a gobiernos latinoamericanos, a menudo vinculados al suministro de materias primas.
Para países con dificultades de acceso a los mercados financieros tradicionales, Pekín se ha convertido en un socio tan atractivo como necesario.
Este acercamiento se explica también por las propias necesidades chinas. América Latina es una reserva estratégica de recursos naturales: soja, cobre, petróleo y, sobre todo, litio, clave para la transición energética y la industria de los vehículos eléctricos. El llamado "triángulo del litio", conformado por Argentina, Bolivia y Chile, se ha transformado en un punto neurálgico para el futuro tecnológico de China.
Una rivalidad creciente entre las potencias
La rivalidad entre Washington y Pekín no siempre fue tan intensa. El punto de quiebre llegó en 2017, durante el primer mandato de Trump, cuando Estados Unidos reconoció oficialmente a China como rival estratégico. Desde entonces, la competencia se ha profundizado, especialmente en sectores de alto valor agregado como los vehículos eléctricos, los semiconductores y las energías renovables. América Latina, sin buscarlo, quedó atrapada en medio de esa pugna.
Con el regreso de Trump a la Casa Blanca, la tensión se ha trasladado de lleno al hemisferio occidental. La reinterpretación de la Doctrina Monroe —"América para los americanos"— apunta ahora directamente a frenar la influencia china. La intervención en Venezuela y los mensajes sobre el control del petróleo venezolano son leídos por muchos analistas como advertencias estratégicas dirigidas más a Pekín que a Caracas.
China, por su parte, ha reaccionado con cautela. Ha reafirmado su cooperación con todos los países latinoamericanos, defendiendo su derecho soberano a elegir socios y evitando una confrontación directa. Pekín sabe que no es el momento de romper la baraja, pero tampoco está dispuesto a renunciar a inversiones multimillonarias ni a una región clave para su diversificación económica.
El futuro incierto
El futuro no está escrito. A corto plazo, la posición china en América Latina parece sólida, sostenida por vínculos económicos profundos y beneficios mutuos. Sin embargo, existen riesgos evidentes: cambios políticos que acerquen a los gobiernos a Washington y una excesiva dependencia de materias primas que exponga a la región a la volatilidad global.
Ante este escenario, América Latina enfrenta un dilema histórico. Puede verse obligada a elegir bando en un contexto de creciente polarización o, por el contrario, intentar aprovechar la rivalidad entre las dos grandes potencias para negociar mejores condiciones. Lo que resulta evidente es que la región ya no es un actor secundario.
En la geopolítica del siglo XXI, América Latina ha pasado de ser decorado a protagonista, disputada por el dragón chino y el águila estadounidense, en una historia cargada de tensión, giros inesperados y consecuencias globales.