Van por las calles con maletas, chompas y con la ropa que no deja de mancharse por el permanente contacto con el piso.

Paran en las esquinas, piden monedas a las personas y de paso les explican que son recién llegados de Venezuela a los que deciden darles un poco de recursos.
Andrés y Nathasa Atache no se avergüenzan de estirar la mano, mientras descansan cerca de la parada de buses en el mercado de las calles Guayaquil y Ambato.
El pasado jueves arribaron a Santo Domingo desde Carchi luego de sortear una trocha por un camino ilícito que los condujo en medio de arbustos, lagunas, lodo y animales salvajes hasta un poblado más cercano del lado ecuatoriano.
Nathasa tiene dos meses de embarazo y en una de esas bruscas caídas hacia un abismo empezó a sangrar.
Cree que su bebé no está bien y le urge tener dinero para una ecografía.
> RESTRICCIONES. El cierre de las fronteras ecuatorianas, desde marzo del año pasado, agravó la situación del migrante del país llanero.
A tierra tsáchila no han llegado tantos, pero los pocos que se observan en las calles se mezclan con los que llevan mucho tiempo en los semáforos, redondeles y los que están activados en diferentes comercios.
La situación del migrante de ese país ahora gira alrededor de esas dos realidades en la provincia.
La Asociación de Venezolanos en Santo Domingo, creada hace un año y medio, tiene un registro de apenas ocho familias que ingresaron por los pasos fronterizos irregulares, desde febrero hasta ahora.
La vicepresidenta, Maribel Díaz, asegura que ese grupo arribó desde Colombia y estaba en tránsito a Perú.
Pero después no se supo más de ellos y se cree que una parte sigue aquí juntando recursos para volver a migrar al país del sur.
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