Ubaldo estaría feliz,  claro que sí. Pedro está ahora como a él siempre le habría  gustado verlo, justificando su vida; palabras de Ubaldo, pensamientos de Pedro.

Pedro Gil lo recuerda, sonríe, hace muecas, es expresivo. Recuerda al hermano que murió hace ocho años: a Ubaldo Gil, escritor como él, poeta también.
Fue su mecenas, dice, su padre, inolvidable.    
“Estuviera feliz Ubaldo”, expresa. “ Yo creo que está feliz, creo que sí”, afirma.
“Él quería que justificara mi vida, me tuvo mucha fe. Cuando él murió enloquecí y fui a dar al manicomio. Mis muertos, mejor dicho, estarían felices. Pero más él (Ubaldo) que todos. Él sí entendía que yo tenía mucho que dar”.
Ya han pasado 16 meses y Pedro Gil no ha recaído. Ahora está “limpio”, como dicen por allí.  Cuerpo y alma. Nada de alcohol, cero drogas.  Y se ha dedicado a ser terapeuta. Quiere que otros también lo logren. Que dejen el vicio, la inmundicia.
Está trabajando en el centro terapéutico “Volver a Vivir” en Manta. Allí, con los adictos, con los que tienen la voluntad quebrada y el amor perdido.
Con gente como él, pero como el de antes, no como el Pedro de ahora. El de ahora es otro ser humano.
“Mi sueño es que la terapia sea humanizada, que cambie. Que se personalice al adicto. La terapia no es un título, no es un apodo. No es para ganar plata. El buen terapista debe tener amor, porque nuestra enfermedad es espiritual. Dios es el pilar de esto”, indica.

La clínica de rehabilitación donde trabaja Pedro Gil es un edificio que antes era hotel.
Tres pisos, escaleras  largas, muchos cuartos,  cuadros, pasillos angostos e interminables, como la adicción misma. Un laberinto.
Pedro, el escritor, el poeta, camina por allí, con su jean casual, zapatos limpios y camisa formal.
Nada que ver con el Pedro que dormía y mendigaba en las calles.
Nada que ver con el sujeto que recibió 17 puñaladas en Tarqui y estuvo en el manicomio.
Este Pedro, el terapeuta, se muestra sensato y apacible.
Ingresa a una reunión de grupo, con su caminar lento y su postura un tanto encorvada. Saluda, habla con la gente, los “soldados”, los que luchan por dejar el vicio.
Después camina hasta su cuarto. Allí será la entrevista. Es su cuartel. Un espacio de unos seis metros cuadrados, donde hay una litera, una cama, un televisor, ropa, libros, una guitarra en la pared.
Se levanta a las cuatro de la mañana, a leer, a preparar charlas. Escribe, reflexiona, piensa. Su mente siempre ha estado activa, los vicios no han podido con ella.  
Pedro convive con los adictos, aborda con ellos la parte afectiva. A los adictos no hay que humillarlos, comenta.  
Él pasó dos años viviendo en las calles, varias recaídas, nadie daba un centavo por  su vida.

Él sabe qué es eso. Conoce la enfermedad, pero también la medicina.  
Estudió para terapeuta en Argentina, entre  el 2002 al 2003. Luego se capacitó en teología. Lee mucho sobre psicología. Lee literatura, se “come” los libros a cualquier hora.
Pero ese es otro Pedro, el escritor. Ahora estamos con el terapeuta.
Este Pedro dice que a los adictos hay que amarlos para que se recuperen.
El  amor no es sentimiento,  es conocimiento, cita.
En los adictos hay un problema de conciencia, de falta de amor.
Tienen un vicio que confunde, que  arrebata el sentido de lo bueno, de lo correcto, agrega.

“Uno siente  placer en dormir en la calle. Te vuelves adicto a las situaciones: a la prisión, a las puñaladas, a pedir plata. Esto es una enfermedad egoísta porque hasta el que tiene cáncer se preocupa por la mamá, el que consume drogas no”, dice Pedro, el terapeuta, el hombre que siempre quiso ser, el que Ubaldo Gil quería que fuera.

16 meses limpio, 15 meses en una clínica de San Jacinto. Allá también hizo labor terapéutica y escribió un libro que se llama un “Ángel recaído”. Pero hasta allí llegó todo.
Decidió salir de ese lugar. Sentía que no le daban el espacio que se merecía. Cosas que pasan. 
Pedro Gil empezó a beber desde adolescente. Su padre tenía una cantina y él tomaba a escondidas.
De niño lo veía borracho y para él era una especie de antihéroe.
Su padre, el “negro Víctor”, le  leía cuentos a sus hijos, a pesar de estar borracho, Era un borracho bueno y ahora también es feliz, igual que Ubaldo.