Adiós al sueño. Son las tres de la madrugada del viernes y en distintos lugares de Manta suenan los celulares en los veladores, al lado de las camas.  

Suena otro y otro, con minutos de diferencia. 
Quien llama es Agustín Intriago, que no ha pegado los ojos durante toda la noche porque no tomó la pastilla para dormir. 
Afuera llueve, es una lluvia que danza con furia al ritmo que le impone el viento y cae como piedra en los techos: ¡tan- tan-tan! 
El alcalde llama a varios funcionarios municipales para recordarles los estragos que puede causar la lluvia en barrios inundables, como Jocay y Miraflores.
Espera que no los pille dormidos al amanecer a ninguno de ellos y que deben estar en esos sectores a primera hora de la mañana.
Él, el alcalde, no podrá acompañarlos porque tiene licencia médica y debe seguir la rehabilitación por los daños que le dejó el COVID-19, ese virus que ha puesto de rodillas al mundo entero y que le afectó el 85 por ciento de los pulmones, por lo que debió ser trasladado a cuidados intensivos del hospital Luis Vernaza de Guayaquil. 
> LA PUBLICACIÓN. Un sábado, el 12 de diciembre, el alcalde publica en sus redes sociales que se contagió de coronavirus. 
Pensó que solo era cuestión de pasar unos días aislado y hacerse luego la prueba para que le digan que ha generado suficientes anticuerpos y puede volver a su rutina: reuniones en el municipio, recorrido en los barrios, más reuniones, más recorridos. Así era su vida desde que en mayo del 2019 asumió la alcaldía.
-Yo estuve una semana con síntomas, pero me aislé. Cuando me hice la prueba del COVID y salí positivo, me dije que iba a ser sencillo. Soy joven, soy fuerte y no creo que me afecte mucho. Y lo decía porque mi mamá también tenía el virus y es una mujer asmática, hipertensa, con problema de colon e hígado graso. Creí que como a ella no la perjudicó tanto, tampoco me iba a afectar a mí.
El virus es una ruleta rusa que se ensaña con los ancianos, casi el 60 por ciento de los muertos tienen más de 65 años, pero nadie está seguro, ni un hombre de 36 años como Agustín Intriago.
El 13, el alcalde comprobó que su pronóstico se hizo añicos. No podía levantarse de la cama ni comer. Las manos y los pies los tenía amoratados. 
En una ambulancia, el lunes 14, lo llevan al hospital del IESS donde le hacen una tomografía que indica que tiene el 75 por ciento de sus pulmones comprometidos. El jueves 17 el porcentaje sube a 85. Se prendieron todas las alarmas.
>A GUAYAQUIL. El doctor propone intubarlo, lo que significa la colocación de un tubo en la tráquea para administrar ciertos medicamentos, y su traslado a Guayaquil. Es una cuestión de vida o muerte.
-Yo juraba que me iba a morir porque tenía los pulmones comprometidos y solo el 30 por ciento de los intubados sobreviven. Decidí ponerme a cuenta con Dios y fue una conversación bastante larga. Me dolía morir por mi hija, Alma, por no poder acompañarla en su meta de crecimiento. Me despedí de mi esposa. Sentí que hasta allí llegó mi vida. 
Las redes se inundan de mensajes de solidaridad. Centenares de personas salen a las calles por donde debe pasar la ambulancia que lo traslade a Guayaquil para despedirse y desearle un pronto retorno.
Rosita Saldarreaga, su pareja, se convierte en vocera de la recuperación. 
El 21 publica: “Mi esposo está empezando a despertar del coma”.
Rosita cuenta esos días de su permanencia en Guayaquil. Todos los días a las 9 de la mañana el doctor la llama para darle a conocer la evolución del paciente. 
El médico, el 22 de diciembre, le informa que iban a empezar a despertar al alcalde de a poco y ella debía estar junto a él. 
Le dijo lo que iba a ocurrir. El paciente iba a estar perdido en el tiempo, puede que no la reconozca, que le cambie de nombre. Debe hablarle fuerte, casi gritarle para que él la escuche.
Y Agustín Intriago cuenta qué hizo:
-Cuando me desperté del coma inducido, me saqué la sonda de alimentación, quería sacarme los sueros. La idea era tenerme quince días intubado, pero a los seis días hubo mejoría.
La noche del sábado 26, una fotografía en las redes de la mano de Intriago con su dedo pulgar hacia arriba y un texto que empieza con “Hola a todos. Soy Agustín y gracias a Dios estoy vivo…” es la evidencia que lo peor ya pasó. 
En la imagen se observa el brazo agujereado por los sueros administrados.
-Me cambian de piso, me dan un teléfono y compruebo todo lo que se publicó en redes y sostengo que fue la oración de la gente la que me tiene vivo. Hasta un médico me dijo que si sobreviví fue de milagro. 
El regreso a Manta es el 28 de diciembre.  La gente lo recibe en las calles.
>LA RECUPERACIÓN. El COVID deja secuelas.
-A mí me cuesta dormir y tengo que tomar pastillas. Estoy experimentando, no tomo la pastilla para ver hasta dónde duermo y resulta que a las tres de la mañana estoy despierto, y a esa hora debo tomarla. En diez minutos ya estoy dormido. Está prescrita que debo tomarlas un mes más. Mi sistema nervioso y muscular fueron lesionados. Se me contracturó la cadera y por eso usé bastón. Me cuesta caminar. Tengo una cuerda vocal afectada, por lo que hago terapia de lenguaje y respiración. Tengo mucho estrés y me canso, pero es parte de todo este proceso de recuperación.
Mañana por la tarde asumirá la alcaldía, pero parcialmente; el vicealcalde seguirá teniendo algunas responsabilidades por unas semanas más.
El alcalde dice qué tipo de persona es ahora, después que la muerte estuvo en su cama.
-Soy más sensible ante la gente y ante el dolor, pero sin embargo, soy más intolerante ante la mediocridad. No regresé de la muerte para tolerar cosas por ser buena gente. El gran opio que tiene el servicio público es el nombramiento permanente, porque el funcionario pierde el objetivo de trabajar para conseguir resultados. Llego a ser más intolerante con la mediocridad.
Si esta noche el alcalde no toma su pastilla para dormir y llueve en Manta, en algunos lugares de la ciudad a varios funcionarios le sonará el teléfono. Fin del sueño.