Actualizado hace: 15 minutos
Fernando Macías Pinargote
Alegato

Hemos estado declinando a pedazos y, durante siglos de civilización, enfocando la muerte desde diferentes ópticas. Unos han pensado en ella como la más injusta manera de extinguirse. Y otros como la certeza religiosa o gnóstica de concebir un paso hacia otro paso.

Jueves 20 Noviembre 2008 | 21:32

Nuestra atención se ha cifrado en los otros: el hijo de la vecina, el desamparado, el asesinado en la calle, la víctima de un atentado. Uno y otro óbito, día tras día, desde que el homo sapiens está en la tierra. Pero esa percepción de algo insalvable ha tenido un consuelo existencial: sólo muere el individuo, la humanidad pervive. Se nos ha sido permitido llevar la llama de la continuidad por siglos, alentando la certeza de que el colectivo permanecerá. Pero pudiéramos estar a las puertas de pasar de la muerte de nombre y apellido a la muerte colectiva y anónima. Hemos asestado un golpe mortal a los principales activos humanos: bosques, ríos, montañas mares, pero sobre todo a la conciencia. Todo está en la tómbola y gira en la bolsa de valores. Hemos dado una descomunal zancadilla al tren de la historia y atravesado una gran palanca en la máquina de la existencia .Y no contentos con ello hemos herido de muerte lo único que nos quedaba: la esperanza de un amanecer permanente, el consuelo de despedir a mil sabiendo que miles más nacerán, crecerán y se reproducirán. Creyentes y no creyentes hemos agredido el pensamiento de Dios. Hemos embestido nuestra propia pretendida grandeza y podríamos pasar de presuntuosos amos a pálidos y asustadizos esclavos que, sin embargo, hasta el último momento nos aferraríamos a nuestra vanidad. No es la recesión económica la que nos arrinconará. El problema del planeta no es monetario, es moral. Hemos malbaratado el albedrío que nos fue dado. La obra perfecta que nos fue heredada aparece hecha trizas. La frase einsteniana de que Dios no juega a los dados está hoy más en boga que nunca. En esta era el fin no parecería concretarse sólo en el panadero que falleció de infarto, en la bailarina que pereció de amor, en las enfermedades y el hambre que recorren los continentes sumando víctimas. La muerte pasaría a ser un espectáculo grandioso que terminaría engullendo al espectador privilegiado. Si morir ha sido una constante inevitable que ha generado debate en milenios, podría convertirse en una supra realidad que nos dejaría sin verbo y sin memoria. Parafraseando a un viejo amigo, la última derrota nos la podría dar la muerte. Nuestro alegato se dirige a pensar que todavía estamos a tiempo y que una luz brillará finalmente en medio de tanta bruma. "Una luz brillará finalmente en medio de tanta bruma "
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