Actualizado hace: 7 horas 18 minutos
Jorge Bello Moreira
De titiriteros y títeres

De los envidiosos y resentidos no nos escapamos fácilmente. Gentes pusilánimes, mal agoreras, perversas o simplemente amargadas por el éxito de los demás, hay en todo circulo y es difícil que pasen inadvertidos, por mucho que uno trate de no hacerse mala sangre con este tipo de personas y menos trate de andar viendo las miserias de los demás, ni en las miserias de los demás. Hay otras clases de miserables que repletos de egoísmos se niegan a pasar inadvertidos y dicen presente a gritos, gestos o simplemente con el fétido olor de sus nauseabundos actos. Esta estirpe de miserables no es necesariamente torpe o incauta, al contrario, son vehementes, astutas, ágiles, perseverantes, disciplinadas en sus conscientes propósitos que siguen y persiguen sin importarles decencia, honor, repercusión o impacto.

Viernes 16 Mayo 2008 | 19:02

Hay gente de esa calaña que obra con sagacidad y maldad; la torpeza y la escasez de astucia es más consustancial a sus devotas y obsecuentes piezas, lastimosamente humanas, que en algunos casos aúllan casi caninamente al tenor de intensiones protervas de la lúcida mente maniquea; o en otros casos, danzan cual marioneta al capricho o con el libreto del mismo titiritero. Este no es el caso de “piratas que navegan con banderas de pendejos” como describe un amigo a los que solo se hacen y no son. Como parte de “la naturaleza humana” describen algunos tratadistas el actuar corroído de personas con sus almas enfermas de pasión y odio, por pasión y por odio. Aunque este actuar culposo de seres envenenados es difícil entenderlo si hay que reconocerlo e identificarlo para no pecar de incautos. Hasta allí la forma de las cosas que se describen líneas arriba no habrían de merecer una exposición pública o solo debería pasar como una reflexión; pero cuando gentes de esas calañas y características pretenden convertirse en rectoras de la moral pública, censores de la legalidad o la moralidad, lo menos que podemos ofrecerles es un espejo público para que reconozcan en la imagen que les refleje la picardía, desfachatez, amoralidad, oportunismo, traición, ambición, maldad, bajeza o cuantas perversiones más tengan. No logro entender del todo el apalancamiento que estas alimañas logran en el andar público después de sus públicas y notorias exposiciones, sobre lo que son capaces con medio poder o a través de las presiones que acaparan con sus comparecencias mediáticas; y podría ensayar varias teorías inocentes y sin malicias que identifiquen en la novatada y la bondad el padrinazgo, pero lo visto ya raya en la complicidad y el acuerdo. Es que aún es difícil pensar que no se cuestione el por qué y para qué. Un maestro del periodismo me enseñó a preguntarme sobre el interés y los motivos del denunciante, como acción previa a dar credibilidad a sus versiones.
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