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Las causas de la revolución

MUERTOS El Teniente Barrantes inspecciona los muertos en la matanza de 1810, en un film de Camilo Luzuriaga

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EL 10 DE AGOSTO DE 1809

Las causas de la revolución

Jueves 10 Agosto 2006 | 18:53

Explica el historiador Nicolás Kingman que la causa inmediata de la independencia hispanoamericana fue la crisis de la monarquía española, provocada a su vez por la invasión de Napoleón a España (1808).

Apenas las noticias de esos acontecimientos fueron llegando a sus oídos, las clases dirigentes quiteñas comenzaron a analizar las diversas y confusas implicaciones de los acontecimientos de España y decidieron que había llegado el momento de tomar el poder en sus propias manos, antes de que Lima o Bogotá tratasen de imponer sus propios intereses. Así comenzó la Revolución Quiteña. Pero el fácil triunfo no logró ocultar algunas carencias de la revolución, que en el breve lapso de menos de tres meses habrían de causar un fracaso: la falta de apoyo popular, de líderes adecuados y de apoyo de las demás provincias de la Presidencia. “En efecto, si bien el pueblo de Quito no se opuso al golpe del 10 de agosto e incluso participó con alegría en los primeros actos públicos del nuevo gobierno, no sentía como propia la causa de los insurgentes, ni estaba dispuesto a arriesgarse demasiado para ella”, dice Kingman. De la misma manera, los dirigentes del movimiento de agosto, lejos de ser revolucionarios convencidos, eran conservadores por nacimiento, vocación y convicción. Con algunas excepciones, eran sinceramente realistas y ambiguas. Se atrevieron a dar el golpe ante el peligro de que la prisión de los reyes legítimos culminara en una independencia de facto, por la disolución del imperio. En esa posibilidad, consideraban necesario que Quito se adelantara a organizar su propio espacio, de acuerdo a sus propios intereses. Pero eso no significaba que estuvieran dispuestos a tomar decisiones radicales, como el triunfo de la revolución hubiera exigido. “No les fue muy difícil, pues, a las autoridades provinciales organizar cuerpos de tropas para someter a los insurrectos quiteños, que se sumaron a los que enviaron los virreinatos. Las fuerzas de Quito fueron derrotadas tanto en el norte como en el sur, en pequeños combates que fueron suficientes para que los soldados desertaran o se pasaran al bando realista y el ejército patriota se deshiciera”, asegura Kingman en una de sus obras. Los líderes revolucionarios, dándose cuenta de la realidad, capitularon sin siquiera intentar en serio la defensa armada del movimiento. Juan Pío Montúfar, marqués de Selva Alegre, renunció a la Presidencia de la Junta el 12 de octubre en favor de Juan José Guerrero y Matéu, conde de Selva Florida, criollo realista que sirvió de intermediario con Ruiz de Castilla. Las negociaciones con éste no fueron muy largas y el 24 del mismo mes se acordó mantener la Junta, pero subordinada a la de Castilla, quien no tomará represalias. El anciano funcionario asumió de nuevo el mando el 29 de octubre y al principio cumplió lo pactado. Pero cuando llegaron a Quito las tropas enviadas por el virrey de Lima y comandadas por el teniente coronel Manuel Arredondo, disolvió la Junta y restableció el gobierno anterior. El primer acto del drama había concluido. Principales dirigentes de la Junta Suprema Juan Pío Montúfar, Juan de Dios Morales, Juan Rodríguez de Quiroga y Juan Larrea se convirtieron en los principales dignatarios de la denominada Junta Suprema de Quito, que se instaló el 11 de agosto y cinco días después, el 16, proclamó con solemnidad todo lo actuado en la Sala Capitular de San Agustín. Frente a estas circunstancias la reacción realista no se hizo esperar y comenzaron las retaliaciones, persecuciones, etcétera. La cobardía y deslealtad de algunos miembros de la Junta y otros comprometidos, entre otras causas, encaminaron el movimiento al fracaso. Al poco tiempo, Juan Pío Montúfar restituyó la presidencia de Quito a Juan José Guerrero y éste casi de inmediato se la entregó al Conde Ruiz de Castilla, quien incrementó sus bárbaros actos de represión, como el que ocurrió el 2 de agosto de 1810 con la masacre de los comprometidos en la acción de 1809.