Actualizado hace: 43 minutos
Mauro F. Molina-Menéndez | E-mail: Molina1117@sbcglobal.net
Sobre el “generalísimo”…

El Parlamento español dio un golpe a la falange. Condenó los cuarenta años del franquismo y sus “ilegítimos tribunales militares, encarcelamientos y ejecuciones de cientos de sus enemigos” durante la Guerra Civil desde 1936 hasta su muerte en 1975. Desde los bancos escolares de mi añorado Cristo Rey de Portoviejo, aprendí a respetar el nombre del caudillo.

Viernes 09 Noviembre 2007 | 23:02

España era Franco. Y Franco era España. No otra alternativa. Después de todo, mantuvo a Hitler alejado del territorio, pese al cordial entendimiento entre los dos. Luego, capeó los momentos de la fatídica Guerra Civil; la Iglesia vivió su época de oro donde todo español era “católico, apostólico y romano”; y por último, mantuvo estable la unidad nacional, pese a lo que él consideró “fuerzas anti españolas” como el comunismo, el espíritu independentista de los vascos y fuerzas conspiradoras. ¿Fueron razones suficientes para gobernar tan despóticamente? Su hegemonía fue absoluta, aunque compartida por la jerarquía eclesiástica, las altas esferas financieras, los mandos militares, de la policía y uno que otro dirigente laboral. Gracias a su autoritario estilo de gobierno, mantuvo unificado al díscolo espíritu ibérico y logró implantar nuevamente el sistema monárquico; sólo que esta vez, bajo las riendas de un aparato de gobierno electivo y constitucional. En Franco, ¿se aplicará lo que el historiador griego Herodoto dijera cientos de años atrás? “La historia se escribe para que el tiempo no pueda borrar el recuerdo del pasado en la memoria de los hombres y para que no pierdan su nombradía las grandes y maravillosas hazañas y en especial el motivo por el cual lucharon unos contra otros”. ¿Se lo juzgará con la misma escala que se juzgó a Pinochet, a Somoza, o a Stalin?. El lector tiene la palabra.
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