Actualizado hace: 15 minutos
Jaime Enrique Vélez
La ciudad blanca

En ese sacrosanto lugar en el cual descansan en paz y para la eternidad aquellos seres humanos que durante su vida terrenal escribieron sus actos, buenos y/o malos, para por siempre recordarlos, visitar a esta “ciudad blanca” es encontrarse con el pasado, es revivir, rememorar a todos esos personajes que alguna vez hicieron la vida política, pública, deportiva, artística y social en nuestra población; es abrir una arcana urna que tiene bien guardado los aforismos, apotegmas, leyendas, hablillas de cada uno de ellos.

Lunes 05 Noviembre 2007 | 22:33

Porque aquellos que se nos adelantaron al más allá, individualmente escribieron su propia historia, anécdotas que se recuerdan y se describen en una reunión de contertulios en cualquier esquina de esta congestionada y multicolor y varias veces centenaria urbe. Recorrer sus callejuelas y angostillos nos llevan a visitar las tumbas y los escasos mausoleos que en ella existe, para encontrarnos con difuntos que por el tiempo de su deceso ya lo teníamos en lo recóndito del olvido. También encontramos criptas de esos ciudadanos que con sólo nombrarlos se nos vienen como en cascadas un aluvión de recuerdos y con aquello nos repletamos de saudades. Visitar “la ciudad blanca” es llenarse de congojas y nostálgicos momentos, es como querer volver a la realidad lo inexpugnable, es sentirse acrisolado para poder descifrar al pariente, al amigo o al conocido que yace sosegado imperturbable en una fría tumba. Traspasar el umbral de esta necrópolis constituye, sin alguna duda, retar al peligro, exponerse a la guadaña de la indolente parca, es ser fácil víctima de los ladrones y drogadictos que han hecho suyo el camposanto y, concomitantemente, hacen de las suyas con el informado que cae en su poder. Este cementerio, que se entiende debe ser el sitio más sereno y tranquilo, donde quien va a visitar un familiar fallecido encuentre el ambiente ideal para elevar una plegaria al creador por el alma de su deudo, es todo lo contrario; es el lugar más peligroso que hace años se convirtió en una gran zona roja, espacio en el que ya han ocurrido crímenes y otros delitos de crónica roja, donde se roban desde un sencillo florero hasta una gran verja de hierro, sin dejar de lado el hurto de los cadáveres; y lo más raro del asunto, ahí nadie ve, nadie oye ni sabe nada de nada. Este panteón se ha convertido en el patio trasero de la ciudad, las autoridades municipales y policiales hacen oídos sordos a los clamores de la ciudadanía; aparecen únicamente en teatrales reuniones donde se comprometen y ofrecen de todo y para todos, que al final resultan famélicas, desnutridas promesas que ellos van olvidando con el correr de los días, y la delincuencia va tomando más fuerza en el lugar porque se sienten seguros ante la abúlica acción de las “autoridades” encargadas. Tanto tiempo hemos reclamado por un nuevo anfiteatro porque el actual no reúne las garantías necesarias para realizar las necropsias, pero ese reclamo es arar en el mar, nadie lo escucha, nadie lo atiende; claro, porque los muertitos no dan votos, de lo contrario la situación fuera totalmente diferente y estuviéramos escribiendo de otra cosa.
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