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Lenin Manuel Moreira Moreira
Madre por siempre

El eterno y acaso insoslayable discurrir entre la vida y la muerte es una constante de los seres humanos, y este tema se acentúa cuando un congénere muere, y tiene mayor notoriedad e impacto si es una persona querida, un familiar, un hijo, un padre, una madre.

Viernes 26 Octubre 2007 | 22:16

Ese sentimiento de dolor y filosófica resignación ante lo inexorable, experimentaron los hijos y el suscrito ante la reciente desaparición del escenario natural de doña María Dídima Ernestina Chávez Macías viuda de Moreira. Virtuosa dama miembro de un núcleo familiar protagonista de la historia de la parroquia urbana Andrés de Vera de Portoviejo, desde su formación poblacional; parte de una prolífica descendencia de don Pedro Chávez Palma, cariñosamente conocido como “Papabuelo” quien hace más de dos décadas falleció a la edad de 105 años, cuyo hogar era el referente de ese sector bucólico y de características semi rural que invitaba al romance, el canto y la poesía, dentro de un ambiente de amistad y de respetuosa vecindad. En ese escenario natural y sano de su juventud el amor tocó las puertas de María Dídima en la apostura de quien iba a ser el compañero de vida, don Simón Germán Moreira Palma, hombre distinguido por su gran calidad humana, honrado en toda la extensión de la palabra que supo valorar el vocablo solidaridad, apreciado y respetado por todos los que trataron y en quien procreó cinco hijos: Ramón, Vicente, Alba, Gladys y Simón; personas de bien, cuyo comportamiento positivo en la colectividad es el ejemplo que les dieron sus progenitores que deben estar ya reunidos en lo ignoto. Vivimos en una sociedad de consumo, donde priman los intereses materiales y coyunturales; donde a veces se exalta a hombres y mujeres por el compromiso del rango, de la escala económica o política, por el renombre de su actividad en base a popularidad o figuración que torna “discutible” si los homenajes postreros o en vida son merecedores o no. Hace pocos días murió Dídima Ernestina, quien encarnó el anonimato de su pueblo, porque no deslumbró; en su época, los salones de la alta sociedad; pero en la digna pobreza que compartió con su esposo e hijos adornaron con destellos de arcoiris espirituales un hogar, que debe tener símiles en historias parecidas y que en realidad ennoblece a la sociedad. Al mencionar a esta dulce anciana que admiré y quise por su bondad, evoco a mi madre biológica doña Clara Rosaura Moreira Palma de Moreira, que compartió diálogos de comprensión y de ternura con aquella, verificando el innegable aserto que la mujer más allá de sus atributos físicos que la identifican como bello ser con sus imperfecciones humanas, sólo se sublimiza cuando adquiere la condición de madre y sólo este calificativo trasciende el tiempo y la eternidad. Estas dos mujeres mencionadas tienen el atributo de ser por siempre madres. "La mujer se realiza cuando es por siempre madre"
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