Actualizado hace: 3 horas 6 minutos
Mónica Bonilla Sarmiento
Futuro incierto

El ambiente político que nos rodea requiere de calificativos carentes de positividad. Mis padres dicen que no recuerdan haber vivido una época más confusa y vergonzosa en todo aquello que concierne a la vida del país. ¿En qué nos hemos convertido los ecuatorianos? Dos intrusos, llenos de insolencia y bolsillos repletos, parece que llegaron para quedarse y convertirse en compadres del quehacer nacional.

Sábado 29 Febrero 2020 | 04:00

 El ambiente político que nos rodea requiere de calificativos carentes de positividad. Mis padres dicen que no recuerdan haber vivido una época más confusa y vergonzosa en todo aquello que concierne a la vida del país. ¿En qué nos hemos convertido los ecuatorianos? Dos intrusos, llenos de insolencia y bolsillos repletos, parece que llegaron para quedarse y convertirse en compadres del quehacer nacional.

Me refiero a la cháchara y a la desfachatez, vicios que siempre golpearon nuestras puertas pero que nunca se las abrió de par en par, pues al menos teníamos un poco de vergüenza. Hoy la desfachatez campea, se ha convertido en motivo de orgullo personal y social. Ecuador no atraviesa su mejor momento económico y peor aún político, pues ha vivido años complejos. No es secreto que en el anterior gobierno crecía significativamente la deuda externa y Correa se vio en la obligación de obtener financiamiento a cualquier precio, a negociar el oro de la reserva, a concesionar los pozos petroleros a transnacionales, a echar mano a los fondos de pensiones y de salud de los trabajadores y más, lo cual hizo que hasta ahora sigamos sufriendo las consecuencias de las malas decisiones que tomó.
El gobierno de Moreno arrancó con una fuerte fragilidad política pero la necesidad de legitimarse hizo que ubique los problemas económicos en segundo plano. Mientras el tiempo avanza, la estructura económica ecuatoriana vive una crisis persistente ante la cual no parece reponerse, y con todo esto, ya se va a acabar el tercer año de un gobierno que pudo desterrar la peor herencia del correísmo, pero no lo hizo. Por ahora, la gente que sufre la crisis en carne y hueso seguirá aguantando las consecuencias de la inoperancia del gobierno. 
En los comicios locales del 2019, el correísmo sufrió una derrota nacional contundente (no ganó ninguna alcaldía) pero amortiguada por una victoria en Quito y Manabí, en esta última porque tiene un electorado fiel que sigue votando “en plancha”. La derecha política crece significativamente pero sigue dividida entre dos opciones que se niegan a la conciliación.
La fragmentación alcanza también al gobierno central, que carece de las herramientas de poder suficientes para imponer sus ideas económicas y sociales abatiendo cualquier oposición. Y es que su fragilidad política lo vuelve más vulnerable y, por lo tanto, más accesible. Y con las elecciones a la vuelta de la esquina, los resultados son inciertos, y la economía del país también.
 
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