Actualizado hace: 4 horas 58 minutos
Jaime Alcívar Intriago
Origen del chigualo manabita

Domingo 15 Diciembre 2019 | 04:00

El mestizaje en el litoral ecuatoriano tuvo como génesis dos ciudades capitales, Guayaquil y Portoviejo. Ambas tienen fundaciones hispánicas y formaron Cabildos en el siglo XVI,  pero sólo aquí se cometió un etnocidio. En el caso de la ciudad de San Gregorio, previo a su asentamiento definitivo en el valle de Jahua, el territorio fue blanco de  ataques españoles para poder controlar el fructífero valle y su río, que en esas instancias lo regía la legendaria cacica Apemisca (PARES, 2015).  A fines del siglo XVI, los españoles consolidan el dominio socio-cultural, a través de las reducciones, por aquello aculturizan a la población e introducen su lengua, su religión, sus creencias, sus mitos, sus costumbres. En el caso de los pueblos de los valles de Jahuapi y Pimpaguapi, que incluía a Pichota y Amotpsi (Charapoto), la pérdida fue total, sólo 63 aborígenes sobrevivieron, los cuales fueron contabilizados en el siglo XVII, el resto mayoritario ya eran blancos, mestizos, cuarterones y esclavos; negros, mulatos y zambos.       

En Portoviejo a mediados del siglo XVIII, los mestizos se convierten en el grupo predominante, gentilicio que había sincronizado las costumbres indígenas, españolas y también negras. Uno de sus hábitos culturales eran las celebraciones, la principal fue la de Navidad. A fines del siglo XVIII la costumbre consistía en  apadrinar al “Niño Dios” en alguna casa. Se lo animaba  por medio de los “auto-sacramentales”, drama litúrgico que en Navidad derivó en los villancicos en la propia velación del niño (Cornejo, 1959) y que culminaba con la misa de gallo del 24 de diciembre. Villancicos y velación del niño compusieron las fiestas de Navidad a fines de la Colonia, pero el rito de la velación del niño tiene una acepción, ya que su origen es negroide, de origen mangache (montañés cimarrón  del norte de Manabí). La costumbre afro del “velorio del angelito” con su novenario y cánticos alabados, es el propio Chigualo (Acosta, 1944). Éste tipo de velorio fue regularizado  por los montuvios de centro sur y se transforma en el chigualo navideño, es decir, velación del Niño Dios que nace y que representa la vida y la alegría en la Navidad cristiana. Este cambio ocurre en el siglo XIX y es una creación cultural del montuvio manabita. Posteriormente, en el siglo XX, los primeros escritos folkloristas que rescataron los chigualos en libros, los hizo el CRM en las décadas 60-70 con ello; Carlos Avellán, Yuri Hernández Mendoza, Simón Cedeño Paladines y Domingo Nevaldo Zambrano, fueron los pioneros en legar libros con chigualos manabitas.
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