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Jorge Solórzano Vallejo
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No hay quien no haya notado que todo lo relativo a liderazgo, dentro del marco de la política actual, parece mala palabra. Todos hemos llegado a aceptar de mala gana, que en el ámbito público no hay cabida para más “líderes” que quienes ya tienen el poder político.

Domingo 08 Diciembre 2019 | 04:00

 No hay quien no haya notado que todo lo relativo a liderazgo, dentro del marco de la política actual, parece mala palabra. Todos hemos llegado a aceptar de mala gana,  que en el ámbito público no hay cabida para más “líderes” que quienes ya tienen el poder político. 

Es harto evidente que existe una casi absoluta carencia de líderes. Aquí se ha confundido liderazgo con caciquismo, muchos se refieren al “arte del liderazgo”, consistente en conquistar el entusiasmo, lealtad, iniciativa y entrega del corazón de sus dirigidos. 
No quiero ingresar en ese terreno polémico, pero sí aseverar que liderar no es simplemente impartir órdenes, no importa que éstas se impongan con energía y autoridad. Tampoco es doblegar voluntades de los subordinados ni someterlos a designios caprichosos. 
Todo lo contrario, liderar es principalmente tres cosas: 
Educar, esto es lograr el desarrollo de toda la perfección que la naturaleza humana lleva consigo; 
Instruir, que consiste en proporcionar a los subordinados los conocimientos específicos necesarios para llevar adelante una misión; 
Conducir, que es  guiar y dirigir a aquellos de manera tal, que perfeccionando la acción en el ámbito colectivo, sean capaces de desarrollar la comprensión y cooperación entre todos. 
El líder deberá considerar siempre el factor moral regulador de las conductas de las gentes, influyendo básicamente con su ejemplo, en su comportamiento individual. 
Un “cacique” arrea a sus subordinados, obtiene respeto imponiéndose por jerarquía, inspira inquietud o temor, tiene a flor de labios el “yo”, y siempre “sabe” cómo se hacen las cosas, convierte en penosa cualquier gestión, suele terminar un diálogo abruptamente de acuerdo a su conveniencia, siendo su única preocupación  el objetivo que persigue. 
Un líder guía a sus hombres, obtiene obediencia voluntaria, inspira confianza y despierta entusiasmo, dice siempre “nosotros”, suele llegar antes que los otros, señala sólo la infracción, invierte tiempo en enseñar cómo se hacen las cosas, logra que la gente encuentre interesante su tarea, dice “vamos” y piensa en los hombres antes que en el objetivo. 
Con la formación y manera de conducir de los “caciques”, lo único que puede lograrse es comprar con un salario parte del tiempo de una persona, tener su presencia física en el momento y lugar indicados y disponer de su actividad muscular. 
Para el verdadero líder es natural recibir entusiasmo, lealtad y entrega de corazón, de espíritu y de alma, pero esas virtudes no se pueden comprar, hay que conquistarlas.
 
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