Actualizado hace: 2 horas 46 minutos
Wuachumo
Un cactus con poder

Vladimir Bernal es un chamán que usa el cactus wachumo para comunicarse con deidades y recibir respuestas en ceremonias.

Jueves 10 Octubre 2019 | 04:00

 En el acto, ocho personas caminan hasta una hoguera apagada. El espacio está delimitado por troncos, jaulas de gallos y emús (una especie de ave no voladora). Este pequeño círculo, resguardado entre dos lomas, se convierte en el testigo de los viajes.

Se enciende la fogata, el altar está preparado y la medicina está lista para ser consumida. Plumas, un tambor, maracas, una botella grande con un líquido verde, dos frascos (uno con polvo y el otro con algo gelatinoso), frutas y otros elementos están regados sobre una manta. 
 
Ritual. Los asistentes conforman una familia -mi familia- durante esa noche. El moan bendice el ritual con unas palabras hacia el norte, el sur, el este, el oeste, el cielo y la tierra. Las únicas advertencias son no alejarse del círculo y que la segunda etapa sería la más difícil.
La primera fase, el enraizamiento del wachumo, es un proceso lento. Tomar el líquido se asemeja a acercarse a una persona desconocida para mantener una charla ligera.
“Cuando me doy cuenta de que surte efecto, observo cada detalle de la Luna: en toda su inmensidad. Percibo la rotación de la Tierra. El tercer trago es el más difícil de tomar: la amargura del líquido se intensifica en la boca”, dijo Walter Oliveres, turista que formó parte de una de las ceremonias.
La primera impresión del polvo de San Pedro resulta extraña. Se siente tierra debajo de la lengua, un sabor amargo que al humedecerlo se convierte en una pasta.  Masticarla les deja un sabor picante. 
En esta etapa, el San Pedro comienza “a alargarse y a crecer dentro de ti”, explicó el chamán, con mayores alucinaciones. 
“Tengo pocas visiones, aunque los colores de la noche se intensifican con la primera cucharada. Con la segunda, se puede percibir el movimiento de los árboles, el sonido de las hojas. En la tercera, siento una revelación: sé quién soy”, señaló Oliveres. 
 
Lo que ven. Todos deben tomar tres cucharadas de desierto antes de llegar a florecer. Con cada una muchos creen que no van a aguantar. El sentimiento puede compararse con estar borracho y saber que no se debe beber más, porque falta poco para alcanzar la inconsciencia, pero se sigue consumiendo, y no pasa nada. 
La única noción del tiempo es la posición de la luna en el cielo. Una vez que desaparece, se recibe la primera cucharada de dulce florecimiento: el amanecer. Todos tienen los ojos puestos en el cielo. Parece que el sol va a salir y los gallos están a punto de cantar,  pero de repente se vuelve más oscuro y las llamas de la fogata se avivan. 
Esta etapa resulta una lucha interna por encontrar la luz. El moan tiene que guiarlos y explicar que la iluminación no está afuera. No importa que amanezca, la luz interior va a seguir apagada y el día continuaría oscuro. Cuando comprenden que la ansiedad de esperar el final del proceso no es la respuesta, se dejan llevar y el amanecer aparece eventualmente.  
En cada etapa se obtienen respuestas a las preguntas que rondaron en la cabeza de cada persona que las realiza de forma frecuente. Las preguntas más fuertes tienen una respuesta leve y cariñosa, como un abrazo. Y la última, la que parecía más inofensiva, se presenta como un golpe al corazón. Así de impredecible es el San Pedro. 
El historiador Manuel Espinosa explicó que el San Pedro es parte de la religión extática del mundo andino. A través del éxtasis “se accede al contacto con la divinidad mediante la alucinación”, a diferencia de la religión, en la que se concibe a la deidad como una idea invisible, inalcanzable mientras se viva.
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