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Luis Ávila
Matrimonio civilizatorio

Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra […] No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada […] Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada… Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne» (Génesis 1, 26; y, 2, 18, 23 y 24).

Domingo 07 Julio 2019 | 04:00

En esta cita de la Biblia católica nace todo unido el ideal del matrimonio heterosexual y la subordinación de la mujer al hombre como matriz de su rol social en lo posterior. Esto fue escrito en el siglo XIV antes de nuestra era, posiblemente por Moisés, y estaba dirigido a una sociedad pastoril y de agricultores que se extendían sobre la antigua Mesopotamia. Se organizaba jerárquicamente por tribus y se defendía violentamente de sus vecinos. Se hacía necesario, así, tener una prole numerosa para la supervivencia. La vida de niños y corderos se confundirían hasta en la simbología judaica posterior.
Cuando el cristianismo primitivo se extendió al próspero Imperio Romano, este ideal se fue imponiendo paulatinamente al paganismo y mitología romanos en la medida que fue ganando influencia entre los cortesanos, hasta que en el Siglo IV se convirtió en la religión oficial durante Constantino. De allí alcanzó la hegemonía en Occidente. Opuestos al paganismo romano que promovía el hedonismo y exaltaba lo dionisiaco, esta nueva religión postulaba la disciplina, el ayuno y la abstención. Así, fueron proscritos el adulterio, la sodomía (que en la cultura popular eran tolerados y hasta celebrados) y el matrimonio se transformó en el mecanismo para consolidar el poder en todos los estamentos de la jerarquía política del bajo medievo. Los iluministas franceses no pudieron laicizar el matrimonio y le llamaron “contrato solemne”.
Desde el Código Civil napoleónico de 1804, coexisten tres matrimonios: (1) el social que funciona como un mecanismo político que evita la dispersión del capital (propiedad y herencia) y permite construir sentidos políticos modernos como “Estado”, “patria”, “pueblo” o “nación”; (2) el jurídico que es un régimen contractual de protección de bienes comunales; y, (3) el religioso que reserva parte del poder de cohesión social en favor de la corporación más poderosa del mundo, el Vaticano.
Por esto no es de extrañarse que, con ocasión del reconocimiento del matrimonio igualitario, la reacción de las élites y de la masa social alienada por este estado de cosas, sea tan virulenta, pues se pone en cuestión la propiedad, al Estado y a la dominación como en la obra “Estado, familia y propiedad privada” de Engels, el monopolio de las almas que detentan las iglesias y el status jurídico de protección de la propiedad que se perpetúa de manera hereditaria en los hijos. Aparentemente, el campo en tensión es el jurídico cuando en realidad es el político. Lo que están juego, entonces, es una nueva civilización.
 
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