Actualizado hace: 1 hora 21 minutos
Oficios
“La ropa se lava mejor a mano”

A pesar de su escasa instrucción, sabe cómo defenderse en la vida y ante un destino muy poco favorable.

Lunes 17 Junio 2019 | 11:00

 La casa de Matilde Pilligua Vera tiene una escalera que no muchos pueden subir; bajar tal vez sea más fácil, pero, sea como fuere, ella la utiliza todos los días, desde las 6 de la mañana, cuando las calles de Portoviejo le ofrecen la posibilidad de llevar un poco de pan hasta su hogar. 

Un montón de botellas y pomas de plástico sirven de referencia para todo aquel que quiera conocer sobre uno de sus oficios: el de recicladora.
El otro oficio, el de toda la vida, lo aprendió porque nunca se llevó bien con los cuadernos y nunca aprendió que antes de b y p se escribe con m. Eso de los números primos y los quebrados terminó por ahuyentarla de los pupitres y entonces tuvo que trabajar.
Sus manos, y no sus pies, la llevaron por otros caminos, los del trabajo en casa ajena, lavando ropa ajena para gente que también le era ajena. La preparación para un buen desempeño la tuvo al pie de su río, pero no del de ahora, sino de uno diferente, más limpio y más caudaloso.
“Cuando era chica, unos 10 años, íbamos al río a lavar sobre las piedras con un mazo. Ahora no se puede, con esa agua sucísima”, dice Matilde mientras sus manos hacen chillar como animal herido una camiseta en una lavacara de plástico; es el jabón, el agua espumosa, la fuerza que le mete. 
Cuenta que una cuñada se la llevó a lavar ropa a Portoviejo y que desde ese entonces ya lejano no ha parado de lavar a cambio de $1,25 la docena, sea la ropa que fuere, toallas, jeans, sábanas, hasta ropa interior. Siempre a mano.
“Muchas vecinas que tienen que hacer sus cosas en la calle, me encargan que les lave, porque a mano la ropa se lava mejor, queda más limpia”, refiere.
Cuenta con la alianza de un sol que, por estos días, calienta todo sobre la tierra. Varios cordeles con sus pinzas complementan una labor para la que solo necesita fuerza: en las manos, en los brazos, en los pies y en la columna, la cual se inclina algunos grados, como si fuera una referencia, ante la tina llena de ropa sucia.
Como toda mujer que conoce los entresijos de su labor, ha acondicionado unos cordeles debajo de su covacha para cuando al cielo se le ocurre llover. 
En su vecindario de la calle 24 de Mayo todas las demás mujeres lavan ropa, pero ninguna ropa ajena. 
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