Actualizado hace: 6 horas 26 minutos
Luis Emilio Veintimilla Ortega
¡Sálvese quien pueda!

Nuestra sociedad está dividida claramente en dos segmentos: los que ganan y los que pierden. En el segundo grupo, siempre, siempre, inamovible, el hombre común, el hombre de a pie, Juan Pueblo. Con su sueldo debe sostener sobre sus espaldas todo el peso del llamado “sacrificio fiscal”.

Domingo 06 Enero 2019 | 04:00

Hoy se trata de la elevación del precio de la gasolina y la eliminación del subsidio al diésel. Los propietarios de bienes y servicios subieron los costos irresponsablemente. ¿Quién paga al final de la cadena? Juan Pueblo. Lo mismo sucedió cuando se produjo la dolarización: el dinero del ciudadano se esfumó y tuvo que emigrar penosamente a Estados Unidos y a Europa en busca de posibilidades de sobrevivencia. 
Ayer, regresando de un viaje por diez días, tomé un taxi en la terminal terrestre hasta mi casa en Atanacio Santos y Reales Tamarindos, a las 19h00; cuando le pagué al taxista dos dólares por la carrera, casi me baña en sangre: el valor había subido a tres dólares. Ciertamente, cada quien busca sobrevivir, pero, lamentablemente, lo hace en medio del abuso, de la viveza, de la aplicación del principio “el Hombre, lobo del Hombre”. 
Si el Gobierno Central es el responsable de la adopción de medidas económicas que exaccionan a Juan Pueblo, debería ser el mismo Poder Central quien busque formas expeditas de proteger a la gente contra los estragos de esas políticas duramente antipopulares. 
El taxista no trabaja en la calle por cuenta propia, lo hace, en forma organizada bajo el sistema de cooperativas que, a su vez, reciben el Permiso de Operación, es decir que el Estado autoriza a un grupo organizado de personas para que otorguen el servicio de transporte de pasajeros, por ello, los taxistas están en el deber legal de cobrar por su servicio una tarifa que otorgándole un margen de ganancia, no afecte la economía de Juan Pueblo. 
Pero, claro, en un medio en donde todo el mundo hace tabla rasa de leyes, normas, reglamentos, y, donde cada quien se siente con pleno derecho a disponer según su buen saber y entender, donde no hay autoridades que se interesen por cumplir con su deber, el abuso y el atropello constituyen el método de operación de quienes tienen en sus manos un taxi. 
Lo cierto es que ni el Consejo Nacional de Tránsito, ni el Municipio de Portoviejo, muestran la más leve preocupación por este hecho de abuso y agresión del taxismo a nuestra población. 
De otro lado, nosotros, simplemente aceptamos ser violentados, agredidos y abusados, sin levantar nuestra colectiva voz de protesta. 
Tanta responsabilidad tiene el abusador como quien se deja abusar. Pero, para eso está la Tribuna del  Consumidor y la Defensoría del Pueblo. Existen organismos y leyes para frenar el abuso. Lo que no existe es personas en esos organismos, que quieran ganarse sus sueldo con esfuerzo y compromiso, velando por los intereses de los ciudadanos. 
Agrupémonos, reclamemos, exijamos, pidamos al Alcalde y la Concejo Municipal, levantemos nuestra voz ante el Consejo Nacional de Tránsito, halémosle las orejas a la Defensoría del Pueblo y a la Tribuna del Consumidor, impidamos que los taxistas abusadores tomen como pretexto el alza de la gasolina para burlar nuestros intereses. 
Exijamos del Gobierno Central una posición clara y consecuente, sin dobleces ni dobles posturas, demandemos del municipio una actitud de compromiso con la gente y, con nuestra actitud personal y colectiva, impidamos que el taxismo en Portoviejo nos convierta, cada día, en objeto de sus agresiones. 
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