Actualizado hace: 12 minutos
Bernardo Avellán Vélez
El corrupto y la corrupción

Martes 11 Septiembre 2018 | 07:00

Si bien la corrupción se muestra como un poderoso pulpo y el corrupto como un ganador, el deshonesto es un ser aislado de su entorno, encerrado en la oscuridad de un secreto que no puede compartir y que lo obliga a romper lazos con la comunidad hasta convertirse en un depredador indiferente al desarrollo y al bien común.

Los escándalos políticos han llenado y siguen llenando las páginas de los medios de prensa y la ciudadanía está cada vez más perpleja e indignada. Pero las malas prácticas públicas llevan siglos de historia y parecen que es un hábito inherente al ser humano, un ser lleno de defectos. 
El 34 % de encuestados considera a los políticos como “uno de los grandes males de la sociedad”. Pero lo que pocos imaginan es que es un mal antiguo. Tan antiguo como el ser humano. Lo que nos hace deducir que la corrupción forma parte de nuestra naturaleza.
Napoleón Bonaparte, emperador de Francia, permitía robar a sus funcionarios, pero no en cantidades significativas. La historia bíblica habla de corrupción en tiempos de Cristo, cuando los fariseos adaptaban la superior Ley de Moisés a sus egoístas intereses. Algunos historiadores se remontan hasta el reinado de Ramsés IX, 1100 a.C., en Egipto, cuando un tal Pesser, antiguo funcionario del faraón, denunció en un documento los negocios sucios de otro funcionario que se había asociado con una banda de profanadores de tumbas. Los griegos tampoco tenían un comportamiento ejemplar. En el año 324 a.C. Demóstenes, acusado de haberse apoderado de las sumas depositadas en la Acrópolis por el tesorero de Alejandro, fue condenado y obligado a huir. 
Decir que somos correctos y transparentes en nuestro proceder es tan relativo como si metemos las manos al fuego y no nos quemáramos… El que pretende entrar por la puerta ancha de la corrupción de seguro que va a entrar, y al entrar por esas “puertas” implica también el riesgo de ser estrangulado por el dinero fácil.  
La corrupción es una lacra social que no cesa. Basta con hojear las páginas de los periódico para ver cómo los escándalos se suceden y están al orden del día. Según un reciente barómetro del CIS, casi nueve de cada diez encuestados creen que es una práctica  “muy extendida en la sociedad humana”. 
La falsa imagen del hombre corrupto, que esconde o pone su botín a buen recaudo, prebenda que consiguió a fuerza de corromperse y corromper a otros, tiene tanta fuerza simbólica que hasta despierta curiosidad saber qué ocurre en la mente y el corazón de quienes actúan de esa forma. 
Cuando hablamos de corruptos hablamos de gente desterrada, ajena a su comunidad. Forman parte de ella de manera parasitaria, porque no generan riqueza, sino que se aprovechan de aquella que otros producen, a la vez que no se enlazan con lo que llamamos el bien común, porque no creen en el bien, sino en las circunstancias de la oportunidad para el dolo.
Cuando una zona del cuerpo pierde su irrigación sanguínea, el riesgo de la gangrena es real y rotundo. La zona aislada del flujo de la sangre literalmente se pudre se corrompe, la pus aparece y la corrupción es evidente.
 
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