Actualizado hace: 28 minutos
Tema del día
El abrazo eterno

Era un día normal. Eso parecía. Un sábado de compras para la familia Bailón-Moreira.

Domingo 15 Abril 2018 | 12:00

Todos a bordo del Mazda azul 323 de 1977, adornado con calcomanías de Emelec, en el parabrisas trasero. 

Un auto, pese a sus cuatro décadas, impecable. Lo encontraron cerca del Centro Comercial Felipe Navarrete de Manta, sin rastros de sus ocupantes.
José Luis Bailón (42) y su esposa Verónica Moreira (43) se conocieron en 1996. Desde entonces, inseparables. Asistían a la misma iglesia en Portoviejo. Se casaron y mudaron a Manta. Él, un hogareño arquitecto de piel tostada y espigada figura que trabajaba en Guayaquil y volvía a Manabí cada quince días. 
Ella, una profesora fiscal, risueña, menuda y extrovertida. 
Aquel 16 de abril subieron al auto con sus cuatro hijos. Juntos, siempre juntos… Hasta en la fatalidad.  
 
>LUNES 18 DE ABIL. Mediodía. Uno de los primeros cuerpos que aparece, bajo la montaña de paredes y hierros retorcidos, es el de José Luis, el padre de familia.
 
>martes 19 DE ABRIL. Final de la tarde. Los rescatistas encuentran los cuerpos de Verónica junto a su última hija, de su mismo nombre, y apenas seis años. El cuerpecito de la niña estaba aún caliente. Tenía pocas horas de fallecer. Estaban abrazadas.
 
>viernes 22 DE ABRIL. Mediodía. Por fin logran reconocer el cadáver de José Daniel Bailón Moreira, el hijo mayor, que cursaba el segundo semestre de ingeniería en la Universidad Eloy Alfaro de Manabí. Tenía 19 años. El rostro estaba completamente desfigurado. A la morgue llegó su novia y reparó en un detalle: la tobillera amarilla que le había regalado. Era él, lo que quedaba de él…
 
>viernes 22 DE ABRIL. Final de la tarde. Luis Antonio (16) y José Luis (13) aparecen sin vida. Los cadáveres estaban ya en estado de descomposición.
Ambos y la pequeña Verónica Alejandra (6) eran los más entusiasmados con ir al Centro Comercial para las compras escolares. Los tres habían sido matriculados en el mismo colegio, el José Salazar Mero, en el barrio Elegolé de Manta. Los tres solían reunirse en los recreos. Los tres se cuidaban.
 
> la ABUELITA QUE VUELVE A LLORAR. Digna Bolivia Ubillús García tiene 70 años. Vive atada a una silla de ruedas hace 20, cuando una bacteria en la médula la dejó sin caminar y frustró su carrera de maestra secundaria. 
Ella pasa los días en el enrejado portal de una sencilla vivienda en Portoviejo. Aquí ve pasar los carros, buses y peatones. Aquí se le van las horas y su existencia. Aquí, en soledad, llora. 
No había dejado de rezar desde que ocurrió el terremoto. José Luis Bailón Ubillús, el segundo de sus cuatro hijos, “Pepeco”, no daba señales. Tampoco su nuera, Verónica, ni los cuatro nietos Bailón-Moreira, que vivían en Manta. 
Asimilar la muerte nunca ha sido fácil, peor si llega intempestivamente. 
Vivir con un luto eterno sobrepasa cualquier entendimiento. ¿Cómo se hace trizas el corazón? ¿Para qué sirve la memoria? Digna Bolivia, de mente lúcida, trigueña y acentuados surcos en el rostro, se quiebra. La de ella es una historia de amor y dolor:
“A ‘Pepeco’ lo vi el jueves anterior. Me vino a visitar, como todas las semanas. Perderlo era impensable. Ya me había quedado sin mi hija mayor, Miriam, madre de dos niños, que murió en 2005 en un accidente de tránsito en la vía Manta-Portoviejo. Tenía 32 años. No hay dolor más profundo que enterrar al ser que has parido”. 
“Mi hija menor, María Fernanda, me llamó por teléfono desde Manta el lunes 18 de abril. Me dijo: ‘Mamita, se nos fue Pepe’. Yo le respondí que no. ¡Que no podía ser! ¡Que averiguara bien! Él no podía estar muerto. Mijo siempre me decía ‘mamita bella’, ‘mi reina’. ¿Por qué tenía que morir?” 
“Ese lunes fuimos al Cementerio General de Portoviejo. No nos dejaron abrir el ataúd por las condiciones del cuerpo. No pude ver a ‘Pepeco’. Estaba enterrando a mi segundo hijo. ¡Ninguna madre está preparada para enterrar a sus hijos!” 
“Cuando no terminaba de asimilar lo que estaba pasando, me tocó volver al día siguiente, el martes, al cementerio. Mi chiquita Verónica, mi última nieta, y su madre, fueron encontradas. Estaban juntas, abrazadas. Eran una familia feliz… Siempre estaban así, todos juntos, como en el portarretrato. ¿Vio la foto? Mire, están los seis: así, abrazados. Así, siempre…” 
Digna, la abuela, acaricia por las mañanas aquella foto familiar del 2015. Todos ataviados con sus mejores trajes. Los tres chicos Bailón-Moreira con camisa y corbata. La niña, Verónica Alejandra, con un vestido verde de arandelas y una mueca traviesa. En medio, la madre, Verónica, con capa y birrete, el día que por fin pudo graduarse de la Universidad. Su hijo mayor, José Daniel, la escolta, coqueto. Del otro lado, José Luis, el padre, dibujando su mejor sonrisa. 
El ambiente en el Cementerio General de Portoviejo es pesado. Hay guardias que acompañan a los visitantes para que se sientan seguros. El piso tiene, todavía, rajaduras. Ingresando, tercer callejón, mano derecha, hay seis bóvedas contiguas. En el epitafio de las seis consta el mismo lugar y fecha de muerte: Tarqui, Manta, 16-04-16. Es la última morada de la familia Bailón-Moreira. Juntos, siempre juntos, en un abrazo eterno.
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