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Cuando el recuerdo vale...
Cuando el recuerdo vale...
Por: Galo Barcia Flor

Miércoles 14 Febrero 2018 | 04:00

Me ocurre siempre que, al recordar a mis amigos que se alejaron definitivamente de nuestra vera porque la muerte se los llevó a su reino de panderetas silenciosas, vuelvo al pasado, a las luces recién encendidas de la adolescencia para encontrarme con los antecedentes transparentes de quienes y por quienes conocimos a sus padres maravillosos.

Me refiero específicamente, en esta madrugada lluviosa, a Walter, Liliana, Mariela Andrade y Glenda; y a Cecilia, Jacinto, Mario y Jimena Torres. Y parto de esos nombres corriendo, con la premura de saber que don Ramón Andrade y doña Marina de Torres se fugaron, cada quien con su muerte momentánea y están vibrando con su bondad, autoridad, decencia públicas y exhibidas en los barrios selectos de la eternidad. 

Le decía, hace poco a Mariela, que tenía la idea de este comentario, sin saber aun cómo encontrar ‘’el gancho’’ que una a estos queridos personajes y amigos; en tanto y en cuanto, cada quien y, a su manera, hizo presencia en nuestras vidas.
Y yo voy retrocediendo, y me incendio en las llamas de la adolescencia, para llegar al colegio Cristo Rey, la ventana maravillosa por donde se asomaron los primeros versos, y la burla de los compañeros varones aludidos, y, por ese puente que lo hacían ellos, conocí a sus padres. Don Ramón Andrade, expresivo, alegre, bromista, atento, ciudadano, que sin haber nacido en Portoviejo amó a la capital como muy pocos; que ya quisieran determinados elementos encajados en las tarimas de la dirigencia política tener ese amor, para manejar la ciudad, no como afuereño con obligaciones, sino como parte de la urbe destrozada y olvidada...
Y doña Marina de Torres, apabullándonos con su decencia ancestral, y esa manera original y prístina de admitir en su lindo hogar a los compañeros y amigos de sus hijos, en una manifestación maravillosa e inolvidable. 
Recuerdo, que hace algunos años, me llamó para decirme textualmente: ‘’Galo, soy Marina de Torres. Te llamo para decirte que te quiero porque tú quieres a mi hijo’’.
Sin dudas que es el tiempo el que me azuza en este instante para poder trepar por la añoranza de esa sociedad espléndida que nos tocó vivir en nuestra adolescencia y juventud, marcada por el respeto y otros valores que hoy día asoman como un recuerdo empolvado y desabrido.
Dos personajes importantes de la ciudad querida. Una madre y un padre, navegando en el silencio del ayer que yo evoco con respeto y admiración.
A mis amigos de toda la vida, sus hijos, un abrazo más, desde la madrugada lluviosa...
 
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