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#16ATenemosMemoria: La vida sin ellas

No había regresado a casa después de haberlos perdido. Y un mes después, cuando lo hizo, halló un silencio ruidoso, parlanchín, que parecía hablarle al oído.

Domingo 16 Abril 2017 | 04:00

No había nadie en ese lugar, pero él sintió las risas de sus hijos corriendo por los cuartos y ese aroma frutal de su esposa que tanto le gustaba. Su corazón se aceleró y él empezó a llorar como si hubiera sido en ese instante, y no hace un mes, el día en que fallecieron.

El pasado 16 de abril, Nixon Mendoza perdió a su familia en el terremoto. Ese día murieron su esposa Olga Patricia Acebo (47 años), y sus hijos Nixon Amir (16), Sahid Johaid (14) y Patricio Samir (12). Quedaron bajo los escombros del edificio Felipe Navarrete, en Manta.
Ya ha pasado un año de aquel suceso, pero él mantiene intactos los recuerdos de lo que fue su vida. Todo este tiempo ha sido muy difícil, dice, pero no se acostumbra a no tener nada, porque hubo un tiempo en que lo tuvo todo. 
“Al principio creía que era una pesadilla. Quería despertar y saber que esto no había pasado, que no era real”, expresa. 
Luego se dio cuenta de que no era así y prefirió creer que su familia estaba de viaje, lejos, en otra ciudad. Usó su imaginación para calmar de alguna forma esa ansiedad de verlos, de sentirlos. 
Hasta que un día la realidad se le puso al frente como una pared de concreto y él se estrelló en seco con la verdad de que habían muerto. Ese día fue cuando regresó a casa y sintió aquel silencio ruidoso, parlanchín, que le recordó la soledad de la muerte.  
Después de aquello, Nixon asumió una actitud realista, resignante. 
Se dedicó a trabajar en su taxi y contarle a los pasajeros su historia. 
Algunos le decían que habían perdido sus viviendas, pero Nixon les hacía ver que hay algo más importante que lo material, la familia; esa que él había perdido en el terremoto. Entonces sus clientes se bajaban del taxi con más que una carrera hecha, salían con una lección de vida. “Eso me ayudó mucho, la terapia de conversar con  las personas, intercambiar vivencias en el taxi. También les hablaba de la palabra de Dios. Les hacía entender que lo material no es importante, sino la familia”, indica. 
Nixon cree que Olga, su esposa, presentía lo que iba a suceder. Un mes antes del terremoto le hizo una pregunta, eran como las once de la noche, recuerda.
-Mi amor, ¿si algún día muero tú me cambiarías por otra?
Él  no supo qué responder. Quedó en el limbo. “No sé qué decir”, dijo. “Porque no estoy viviendo eso”. 
Después, dos días antes del 16 de abril, Olga saludó a un vecino y le preguntó:
-“Vecino si yo muriera usted cree que podría volver a ver a mis hijas (fallecidas en dos abortos)”.
El hombre estaba desconcertado, dice Nixon. “Solo le respondió que él no es Dios para saber eso”. 
Charito Zambrano, una vecina de la familia Mendoza Acebo en el barrio San Ignacio de Loyola, recuerda que horas antes de ir a la papelería  Olga pasó por su casa saludándola. Iba con sus tres hijos. “Se paró en mi puerta y preguntó por mí. Yo le dije a dónde va tan tarde y ella contestó que había unos cuadernos de promoción. Se despidieron todos y se fueron”, señala. 
Como si fuera poco el mismo día de la tragedia Olga le comentó a Nixon que había soñado con un terremoto. Que veía a la gente correr y llorar. Él le dijo que se trataba de un sueño. Una pesadilla que horas después se volvió realidad.
“Nunca le he reprochado a Dios por lo que sucedió. Al contrario, le he dado las gracias por la familia que tuve. Porque en mi niñez no tuve una. Mis padres fallecieron cuando tenía cinco meses de nacido y crecí con mis abuelos”, expresa Nixon. Deja escapar de su rostro una sonrisa forzada, una mueca cargada de ironía. “Tuve una linda familia. Mis hijos y mi esposa eran lo más hermoso en mi vida, yo llegaba a la casa y todos me abrazaban, eso no lo olvidaré nunca”, señala. 
Hay instantes que evocan esos momentos. Como cuando le hizo una carrera a un pescador. Lo llevó a su casa y salieron dos niños a abrazarlo. Nixon recuerda haber sentido una envidia sana. Le dijo al hombre: “Lo felicito señor por su familia”, pero no le prestó atención, estaba ocupado abrazando a sus hijos. 
Nixon cerró la puerta del taxi y empezó llorar. Es que a él también lo recibían de esa manera.
Los recuerdos de la ‘gordita’. Es una historia inconclusa. Fueron 38 años de matrimonio, pero José Fernando Mero la siente inconclusa. Es la historia de la  “Gordita” y el “Negro”.
Un amor que empezó hace cuatro décadas, cuando José, un muchacho de la parroquia Los Esteros, se enamoró de Orlanda Delgado, la hija de un humilde  pescador.  Una historia que fue cortada por el terremoto, pero que José siente que no ha terminado. 
Orlanda, la esposa de José, falleció el pasado 16 de abril. Ella quedó atrapada entre los escombros de su vivienda de dos plantas. José estaba en el piso de arriba y sobrevivió. Junto a su esposa también murió su hija de 22 y un nieto de dos años. 
Orlanda tenía 53 años y a los 15 años se casó con José. Se conocieron en una esquina de la calle 110, de la parroquia Los Esteros en Manta. Se gustaron, se enamoraron y desde entonces, dice José, su “gordita”, se convirtió en su mano derecha. 
“Era muy inteligente para los números y el negocio. Trabajamos duro, tuvimos un barquito y ella hacía todos los papeles para zarpar”, expresa. 
Años después tuvieron tres hijos. Construyeron una casa. Primero fue de un piso, luego le pusieron otro. Tenían una cocina donde Orlanda le preparaba a José, su “negrito”, los mejores platos. “Cocinaba muy rico, no teníamos mucho dinero, pero sí que cocinaba rico mi gordita”, señala. 
José es un hombre de 53 años. La pesca y el sol le han tostado la piel y resaltado los zurcos del rostro. Es moreno, pero la diabetes ha hecho que su semblante sea un tanto pálido. 
Desde hace dos años sufre de insuficiencia renal. Tiene una herida abierta en su cuello por donde le hacen las transfusiones sanguíneas.  
“Pero esa no duele”, expresa José. “No duele nada, a veces se me infecta y los médicos piensan que me voy a morir. De eso uno no se muere. Tengo una herida en mi corazón, como un vacío desde que murió mi familia, ese sí es mortal”, agrega. 
A José lo agobian los recuerdos. Está de pie frente al terreno donde quedaba su vivienda en el barrio El Porvenir. Allí el Miduvi le está construyendo una casa. “La he pasado muy mal. Me he resignado a lo que me pasó. De qué vale tanto llanto, no somos nadie para devolver a la gente”, indica. 
En las festividades de fin de año, por ejemplo, extraña cenar con su esposa. No quería que el reloj llegara a las doce de la noche. Todos los años a esa hora recibía un abrazo de su “gordita” y luego salían al portal de su casa para ver cómo el cielo se iluminaba. 
“Aún me parece escuchar a mi mujer llamándome al celular para preguntarme qué quiero comer hoy”, dice. “Ha sido un año muy difícil”, señala.  
Hace poco, no recuerda exactamente cuándo, José soñó a su gordita viva. Llegó a visitarlo, a terminar con su soledad. A un lado estaba su hija. En el sueño José conversó con ellas. Les dijo que descansaran en paz y que lo dejaran descansar a él. Ya las había soñado demasiado, noche tras noche. Y eso lo enferma. Les dijo, llorando y de rodillas, que no ha sido su culpa haberse salvado, que él también hubiera querido morir con ellas para no sentir esta soledad que lo está acabando.
Un recorrido por el dolor. Javier Pincay ha realizado un par de veces el mismo recorrido que hizo su esposa el día en que murió. 
Ha tomado su vehículo y conducido por las mismas calles. Se ha estacionado en el mismo semáforo donde cayó el edificio y mató a su familia. Pero no entiende cómo llegaron tan rápido desde el lugar donde estaban. Fueron 10 minutos. Él ha tardado 20 en llegar hasta ese semáforo. Después de aquello ha llegado a un conclusión: o estaban todas las luces en verde o ya estaba escrito que esa noche iban a morir. 
La tarde del 6 de marzo en Portoviejo fue lluviosa. Javier Pincay acudió al cementerio El Rodeo a visitar a su familia. Encendió una vela y dejó un par de flores al pie de la bóveda. Terminaba de hacerlo cuando la lluvia empezó a caer fuerte. 
Javier subió a su vehículo, un Grand Vitara cinco puertas, igual al que conducía su esposa cuando murió. En ese carro iban también su hija de 10 años, su suegra, su cuñada con un hijo y su concuñada con dos de sus hijos. Todos fallecieron aplastados por el edificio del Seguro Social, ubicado en el centro de Portoviejo, que cayó durante el terremoto. 
Rumbo a Portoviejo Javier cuenta que en el transcurso de este año ha tratado de no llorar. Antes, días después del terremoto, sí lo hacía. 
Llegaba a su casa, entraba  a su cuarto y se envolvía  en recuerdos que lo llevaban al llanto. No se quedaba en la sala porque no quería que su hijo lo viera. 
“Lo que me deja tranquilo es que di lo mejor para ellos. Meses antes habíamos recorrido varias ciudades de la Sierra, la pasamos muy bien y eso me ayuda a seguir adelante”, expresa. 
Javier va sentado en el lugar del acompañante. Su chofer, un amigo que lo conoce desde hace varios años, conduce el vehículo. 
“Yo ya perdí un hijo hace algún tiempo”, dice rompiendo el silencio que había en el vehículo. “Murió por una enfermedad. Eso me golpeó mucho. Mi esposa quedó nuevamente embarazada y tuvimos otro niño, pero me daba miedo que la historia se repitiera. Luego perdí ese temor y me sentía realizado. Incluso un mes antes del terremoto le dije a Dios ‘gracias señor me siento realizado’ y luego zas vino un golpe peor que el de antes”, indica. 
La lluvia no cesaba. El agua en el parabrisas hizo que el chofer bajara la velocidad. “El día está oscuro”, expresa Javier. Desde el 16 de abril sus días son oscuros.  
-¿Cómo recuerda a su esposa?
“Pues era una mujer única.  La conocí  en una academia. Era muy noble. Siempre he dicho que no podré hallar otra mujer que me ame tanto como ella me amó. Su humildad y sencillez eran algo increíble. Tenía unos ojos verdes hermosos y cabello dorado, la tez blanca, pero lo más lindo era su sencillez  y humildad”, responde. 
El viaje está por finalizar. El carro va por la avenida Metropolitana, Javier sigue hablando de su esposa, pero también recuerda a su hija. Dice que era la consentida. Que la estaba preparando para algo grande. Que le hacen falta sus abrazos y extraña peinarle el cabello mientras hablaban. 
Eso lo hacía todas las mañanas.
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