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El terremoto del 16A los sacó de casa

En la carpa donde vive Karen Gutiérrez hay una hoja pegada donde se lee su nombre, un número de identificación y la ciudad de donde viene (Pedernales).

Jueves 28 Julio 2016 | 05:00

De allá llegó a Portoviejo hace un mes más o menos, días después de que el terremoto destruyera la casa que alquilaba. Ahora se halla en un refugio improvisado junto a otros albergados. Allí vive con su esposo y cinco hijos (de 9, 4, 3, 2 años y tres meses de edad).

Karen comenta que dejó Pedernales por el temor del terremoto y porque su familia, que vive en Portoviejo, le pidió que saliera de ese lugar. 
Allá su esposo trabajaba de forma eventual cortando maleza. Actualmente está sin empleo y viven solo de la ayuda que llega al albergue. “Vivimos dos años en Pedernales y hemos tenido que empezar de nuevo acá en Portoviejo, ha sido un poco difícil”, expresó. 
Luego del terremoto unas 5 mil personas, de 25 mil que había en la zona urbana, dejaron  Pedernales, según datos municipales.
La Secretaría de Gestión de Riesgos (SGR) indica que solo en Santo Domingo se registraron 10 mil nuevos estudiantes llegados de ese cantón.
Además en los recorridos que han realizado a las zonas rurales de Pedernales, Jama, San Vicente y Sucre han encontrado a familias que antes vivían en las zonas urbanas de estos mismos cantones. 
“La mayor migración es la gente que salió de Pedernales, le sigue Jama y luego San Vicente. En Bahía, la gente sigue allí o se ha ido a Leonidas Plaza”, informó Johan Loor, coordinador zonal de la SGR. 

DESDE MANTA
Adriana Zambrano es parte de la migración interna que hubo luego del terremoto. 
Ella dejó Manta por el temor a que ocurra un tsunami y ahora vive en un albergue ubicado en el parque de Los Tamarindos en Portoviejo. Cuenta que alquilaba una casa en el barrio Las Fragatas, pero le pidieron que la desocupara. En Manta, junto a su esposo, trabajaban en un hotel que resultó destruido. Luego de aquello estuvieron cinco días donde la tía de su esposo, para finalmente, por las réplicas, decidirse a salir de allí. “Perdimos el trabajo y nos quedamos sin nada, ahora estamos empezando de nuevo, vendemos majadas y leche de soja”, expresa. 
Según Javier Santos, gobernador de Manabí, hay personas que han migrado a Santo Domingo, Guayaquil, Puerto López o Santa Ana. 
Esto se determinó a través de un trabajo que realizan con las jefaturas políticas de las parroquias. “A todos los tenemos identificados a través de instituciones como la Secretaría de Riesgos y les hacemos llegar la ayuda”, expresó. 
Santos indicó que hay una migración de la zona urbana a la rural y viceversa. 
Según la Prefectura de Santo Domingo, unas 20 mil personas llegaron de Pedernales a esta provincia luego del terremoto. 
En Santa Elena, luego del terremoto se reportó el ingresó de aproximadamente 300 familias de Manabí y Esmeraldas, pero hasta fines de junio el Ministerio de Inclusión Económica y Social (MIES) en Santa Elena estimaba que cerca de 100 se regresaron y al menos 132 familias manabitas, 16 esmeraldeñas y otras 52 peninsulares y un riosense constan en la base de datos provincial. 
A todos ellos, según Marjorie Pozo, directora del MIES, se les está haciendo un acompañamiento familiar y además están registrados y habitan en casas de familias acogientes.
Los cantones con mayor presencia de damnificados son La Libertad y Santa Elena.

EL ÉXODO
Tan pronto como se dio el movimiento telúrico, la Organización Internacional para las Migraciones proyectó que al menos unas 73 mil personas se verían forzadas a salir de sus lugares de residencia, para suplir necesidades básicas como trabajo, salud, educación, seguridad, entre otras. 
En mayo de este año, un mes después del terremoto, el ministro coordinador de Seguridad, César Navas, reconoció que se estaba sintiendo el desplazamiento de damnificados. 
La información detallada que el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INEC) recaba con sus brigadas permitirá, según el Ministro Coordinador de Seguridad, tomar acciones más afectivas para dar atención a los diferentes grupos de personas que lo requieren.

LA ISLA DE PORTETE QUEDA VACÍA 
Luego del sacudón del 16 abril, en la isla de Portete de Esmeraldas da miedo cerrar los ojos. 
Son las 19h15 y el oleaje rompe el silencio en uno de los paraísos de Muisne.
Desde hace 100 días, el islote solo tiene vida hasta el ocaso. En ese momento empieza el éxodo masivo de quienes entre el recuerdo del terremoto ya no pueden conciliar el sueño en sus hogares y huyen al continente. 
Solo 13 personas  y varios perros vigilan cada noche el paraíso que a lo lejos es iluminado por un resort donde destaca el cemento, y las luces. 
La casa de Lorenza Cedeño, de 60 años, está lejos de las olas que bañan los 2,5 kilómetros de playa que rodean el islote.
En su visita luego de las réplicas del 18 de mayo, el presidente Rafael Correa habría ofrecido al representante de las 304 personas que viven en la isla, que ayudaría para que se los reubique. “Son miles de personas afectadas. No podemos esperar hasta que el Gobierno nos atienda. Ya tenemos el ofrecimiento internacional para construir las casas, además si lo hacemos con el Gobierno ya no seremos los dueños de la isla”, dice Boris Hernández, representante de los pobladores.
“Acá vivimos del turismo y para mantenerlo hay que ofrecer productos y, nosotros tenemos belleza natural e historia”, resalta Hernández, quien es guía turístico.

SE FUE A SANTA ELENA
María Cotera Macías es una de las manabitas que llegó a Santa Elena luego del terremoto, es acogida en la casa que alquila su hija Lérida Panezo en el cerro El Tablazo en Santa Elena. Cotera asegura que desde entonces su vida cambió.
Sus ojos reflejan nostalgia y recuerda cada detalle de lo vivido durante el movimiento telúrico.
Aquella tarde, ella estaba en su casa, en la cocina, y su esposo en una habitación. Él quedó atrapado entre escombros, pero fue rescatado por familiares.
“Estaba secando un arroz cuando se vino todita la casa abajo, lo que hice fue pararme en medio, todo se vino abajo, edificios de siete pisos, todo estaba oscurito, hasta los postes estaban caídos”, cuenta la señora que habitaba en Pedernales, sitio del epicentro del terremoto.
“Uno extraña su tierra, pero qué hay que hacer, adaptarse”, ?dijo la señora mientras recordaba que sus nietecitos andaban sin zapatos, sin camisetas y que tenían frío. “Dormimos en la calle, salimos sin nada, sin abrigo, sin colcha, sin nada”, reiteró.
Cuenta además que, casi a los cuatro días del terremoto salió de Manabí, su viaje de camino a Santa Elena le mostraba un Manabí en escombros, sin tiendas y todo destruido. Su hija Lérida había contactado con unas sobrinas y desde Santa Elena alquiló una furgoneta para regresar con 15 familiares a quienes acogió en casa, hasta hace un mes.
María Cotera volvió a Manabí un mes después del terremoto, volvió a ver escombros y militares y acciones de limpieza en la playa y lo que era el mercado. No descarta regresar a su tierra, pero en unos meses.

LLEGARON POR TECHO Y TRABAJO
Un pedazo de choclo cocinado y un poco de mantequilla es el desayuno de Elvia Márquez. Mientras come, algo está hirviendo en la cocina industrial, pero ella ni se inmuta. Su frágil memoria creía que ya la había apagado. 
Junto a Elvia está Guardián, su perro, mientras en la cama descansa un gato y en una silla, el otro. Sus mascotas son su compañía mientras su esposo sale a buscar trabajo.
Elvia pasa todo el día en la casa, hecha con tablas, cañas y plástico, en un solar vacío que alguien les arrendó para vivir. Ahora, tiene más forma de casa que cuando llegaron, luego del terremoto, y solo tenían el techo improvisado con plástico transparente. Ellos son dos adultos mayores que vivían en Pedernales y llegaron a Santo Domingo en busca de techo y trabajo. 
Elvia no recuerda cuántos años tiene, pero su cédula sí: 80. A paso lento realiza las tareas del hogar. Su esposo es albañil, pero trabaja en lo que haya, casi no pasa en casa. 
Ellos no piensan regresar a Pedernales, allá arrendaban y vieron mucha destrucción, prefieren tratar de quedarse Santo Domingo. “Yo tengo que estar donde esté mi marido porque solo nos tenemos el uno al otro”, responde ella. No se siente sola porque tiene a sus mascotas. Apenas siente que alguien se acerca, Guardián salta y vigila. Elvia se siente agradecida con sus vecinos, que le han ayudado, especialmente una, que le lleva comida y la integra a sus conversaciones. 
Esta pareja no quiso ir a un albergue: “Sea como sea tenemos nuestras pocas cositas y yo paso aquí tranquila con mis animalitos”, indicó.

ÁNGELA Y QUERIDA ESTÁN TRISTES
Las hermanas Querida y Ángela Cedeño se sientan a conversar cada tarde en una sala prácticamente vacía. 
La situación las tiene deprimidas, las opciones se les acaban y la edad y sus enfermedades no ayudan. Querida está en el único sillón de la sala y Ángela en una silla de plástico, junto a ella unas muletas que le donaron. 
Las hermanas Cedeño son parte de una familia que llegó a Santo Domingo, luego de huir de Pedernales, cuando el terremoto hizo colapsar sus casas y perdieron todas sus pertenencias. 
El ambiente es tenso, pero ambas cambian de cara y tratan de sonreír por un momento. Su reacción fue muy distinta a la de Ligia Loor, hija de Ángela, quien se rehusaba a hablar. “Todos vienen, pero nadie hace nada por nosotros”, fue lo único que dijo. 
Hay cuatro cuartos en la casa, todas las puertas están cubiertas por cortinas. Se escuchan voces y una joven, Shirley, sale de una de las habitaciones. Unas catorce personas viven en esas cuatro paredes. Cuando llegaron a Santo Domingo se quedaron en un refugio, pero el espacio era insuficiente y se mojaban cuando llovía. Recuerdan que una mujer les ofreció prestarles una casa durante un año, algo que les emocionó. Cuando llegaron tuvieron que hacer una limpieza porque era una casa abandonada. No tienen agua ni luz, lo que les preocupa. Ángela sufrió daños en una de sus piernas y no puede trabajar, mientras que Querida hace comida bajo pedido para tratar de sustentarse. 
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