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Tito Molina y Haroldo Loor: Ejemplos de la región

De pronto la muerte vino de prisa, galopando, juntándose al viento de la aurora. Y la ciudad, a pesar de su crecimiento, sigue teniendo sus propias alcancías, por eso no demoramos en saber que Tito y Haroldo, asomados al muelle, habían redactado su pasaporte final. Tito Molina Farfán, actor de teatro, declamador y cantante, todos estos atributos los cultivó casi en silencio, como para que hoy entren a formar parte de la bodega donde se esconde el olvido. Por eso quiero afirmar, desde acá, donde se acumula la reflexión, que Tito le dio categoría y énfasis a la poesía como declamador. Los escenarios portovejenses y manabitas, siempre recordarán Canto a Latinoamérica, original del poeta portovejense Jorge Cevallos Calero, en la voz y en los labios del recordado hermano; lo mismo sus actuaciones como actor en lo que fue un momento de esplendor del teatro manabita: el grupo Joaquín Gallegos Lara, cuyo director fue Humberto Solórzano, un abogado que viajó siempre en los trenes de la cultura. Y después, la muerte de Haroldo Loor, un eterno funcionario público que le dio pergaminos a la estatura más alta de la honradez. Caminó todos los días de su corta vida las calles de Portoviejo, entre el humor de sus camaradas, como yo, que disfruté de su amistad, siempre dosificándolo de energías positivas.

Domingo 10 Junio 2007 | 21:57

Con algunos contemporáneos nos reunimos y nos convocamos a la cena del adiós, y entre bromas, alguien dijo: “Huele a peligro”, por supuesto, una copa de humor en medio del dolor de estos dos entrañables amigos. Pero, qué carajo, quien tiene miedo a la muerte cuando hemos pisado el continente firme de la honestidad y de la entrega total por la cultura de la ciudad, la provincia y el país, sencillamente nadie, porque en definitiva la muerte se vuelve una amiga, que anda coqueteando por todas las esquinas y que a veces asume el papel de un duende. ¡Gracias! Hermanos Haroldo y Tito, porque ustedes me brindaron el puente inmenso de la amistad, a veces distantes, pero en definitiva acumulando los recuerdos del pasado, porque como bien lo decía la tía abuela Inés, para no olvidar el pasado hay que vivir recordando, sólo así pensamos que nunca nos vamos de esta vida, o que si nos vamos, estaremos de vuelta, como las golondrinas que no se pierden un solo verano.
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