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La pérdida de la fe
Walter Andrade Castro

Lo más grave de los PATIVIDEOS no es el conocimiento público de una trama asquerosa en la que un diligente abogado proponía perjudicar el mercado, a los tenedores de buena fe de bonos ecuatorianos, en beneficio de su bolsillo y el de sus socios.

Lunes 04 Junio 2007 | 20:09

Tampoco es el hecho de que un ministro adopte como política grabar conversaciones oficiales celebradas en su condición de representante de un gobierno, aun cuando sea para un buen propósito. O que un reciente ex ministro de economía del anterior gobierno, con información privilegiada, sea el intermediario para promover un negocio con el Estado. No, nada de esto es tan preocupante. Lo triste es conocer que sólo con la imprudencia verbal de un alto funcionario público, alguien o algunos, puede hacer millones de dólares. ¿Que debería hacer el Presidente ante la crisis de credibilidad que por este hecho enfrenta su gobierno? Aprovechando su popularidad y el hecho de que no tenga prácticamente oposición, debería marcar distancias con el problema para devolver la confianza no sólo a los mercados de capital que deben estar preocupados porque otro funcionario de repente se ponga a hablar y cause una caída artificial de los precios de los bonos, sino también al Ecuador entero. Si. El país necesita respirar aire puro para recuperar la fe en el futuro que los que votaron por él – la mayoría de la población – de pronto, por los pativideos, la perdieron. Pero el resto de la población, los que no votaron por él, igualmente requiere que por boca del presidente se diga que lo sucedido no es la norma de gobierno y que sólo fue un episodio más en la larga noche de atracos en los que se utiliza al Estado como alcahuete. Pero lo que no se debe hacer, es intentar tapar el sol con un dedo. El presidente entonces no puede dejar que este incidente con el transcurso de los días se olvide como ha ocurrido con otros en el pasado o que un nuevo escándalo lo tape para que nadie se acuerde de el, como también ha sido frecuente en la historia de nuestro país. No, nada de esto debe suceder. Si llegara a pasar, los ecuatorianos, incluso los optimistas y hasta sus más entusiastas partidarios, le darán paso a la decepción y podrán pensar, ahora si con todo derecho, que el cambio, por el que se votó en la segunda vuelta electoral del año anterior, fue sólo una ilusión, que al final de cuentas todo será lo mismo, lo de todos los gobiernos y que viviremos otra frustración. Y claro, si la clase política, representada hoy con nuevos nombres, genera los mismos actos que causaron repudio ayer, tendremos al Ecuador que ya conocemos, al de siempre y habremos perdido, otra vez, la fe.
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