Actualizado hace: 1 hora 45 minutos
Realidades
Juan Daniel
Juan Ponce

Tiene 12 años, pero aparenta menos cuando se pone el uniforme multicolor para vender bolos. Cuenta que su padre los abandonó hace un par de años y su madre trabaja en un restaurante de comida china para mantener a la familia.

Viernes 01 Junio 2007 | 17:52

Juan Daniel Ponce García es el segundo de 4 hermanos: Daniela de 18, Catherine de 8 y Jesús de 6, todos estudiantes, pero es el único que ayuda a su madre en la manutención del hogar, ubicado en el centro de Portoviejo. “Trabajo desde los 10 años, salgo de mi casa a las 8 de la mañana y regreso a las 4 de la tarde. Me gano 4 ó 5 dólares al día y se los doy a mi mamá” Pero Juan Daniel tiene aspiraciones, como cualquier otro niño. Después del trabajo, arduo por cierto, se dirige al colegio nocturno Velasco Ibarra, donde cursa el octavo grado de básica. Sabe que hoy se celebra el Día del Niño, pero igual tendrá que trabajar. “Yo creo que los niños no deben trabajar tanto”, reflexionaba ayer en la explanada municipal, mientras sus ojos empezaban a fijarse en los posibles clientes. Así, entre la esperanza de vender más, termina abruptamente esta corta entrevista, que generó curiosidad en la gente que pasaba por el lugar. Así es Juan Daniel, un niño portovejense, en cuya realidad se reflejan millones de pequeños en todo el planeta. Las calles están llenas de niños y niñas las 24 horas del día y a pesar de tener un Código de la Niñez y un Ministerio de Bienestar Social en Ecuador, poco se hace, a excepción de Quito y Guayaquil, por erradicar un problema que crece a diario. Los niños, dicen los entedendidos, deben solamente jugar y estudiar, pues para el trabajo el tiempo les sobrará cuando llegue la ocasión. Y lo inconcebible es que a pesar de existir entidades encargadas de velar por la seguridad de los pequeños, es que muchos pequeños se dedican a labores impropias para su edad, ante la mirada complaciente de los que alguna vez también fuimos niños. ¡Cómo me duelen los niños! Hay niños que a la fuerza aprenden a matar para sobrevivir, les llaman los niños soldados, quienes son obligados a participar en guerras fraticidas, sin que a sus mayores les importe algo el valor de una vida. Hay niños que se venden como cualquier mercancía para ser objeto de las más aberrantes prácticas sexuales, al punto que en muchos países se disfraza este crimen bajo el nombre de turismo sexual, Hay niños castigados por el destino al ser portadores de enfermedades como el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, SIDA, siendo discriminados en todo sentido y aislados de una sociedad que debe encargarse de su cuidado y protección. Hay niños que no conocen la escuela y otros que sí la han pisado, pero sus derechos terminan cuando concluyen las clases. Hay niños que para sobrevivir se olvidan de vivir como tales y luchan contra todo en un mundo lleno de hostilidad. Hay niños con quienes se ensaña el sistema de justicia y los deja totalmente desprotegidos, al punto de hacerlos vivir hacinados en recintos penitenciarios concebidos para adultos. Hay niños, en los 5 continentes, que mueren a diario, y en las puertas de un hospital, por falta de una medicina que no cuesta más de 20 centavos de dólar. Hay niños que para sobrevivir trabajan como esclavos en similares condiciones de la época colonial. Hay niños que por el hecho de vivir refugiados o ser migrantes involuntarios pierden su identidad, ciudadanía y demás derechos inherentes. Hay niños que son olvidados por casi toda la humanidad y sólo nos acordamos de ellos hoy, en la navidad o cuando sufrimos en carne propia lo que les pasa a nuestros hijos. (Yo fui un niño feliz)
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