Actualizado hace: 17 minutos
Carlos G. Valles
Lección de dos bebes

El arquitecto de un nuevo templo en la altura de los Himalayas instruyó así al escultor que debía esculpir la imagen de la divinidad en el altar central: “Quiero que sea la imagen de Dios y la imagen de todos los hombres y mujeres que han existido, existen y existirán. Que todos se reconozcan en ella, y que todos reconozcan en ella la imagen del Dios que los creó”.

Domingo 27 Mayo 2007 | 20:06

El escultor comenzó su trabajo. Tomó el bloque de mármol, y fue esculpiendo en él los rostros de los peregrinos que venían al templo. No todos distintos y por separado, sino tomando el bloque entero cada vez y esculpiendo un rostro encima del otro, siempre sobre el mismo bloque de mármol. Llegaba un peregrino, esculpía su imagen hasta la perfección, y cuando éste se marchaba, venía el siguiente y trabajaba su imagen sobre la anterior. Y así uno y otro y otro. El bloque era grande al empezar, pero al diseñar en él el rostro de un peregrino sobre el del anterior, había que rebajar rasgos, pulir superficies, limar ángulos. Cada vez salía el nuevo rostro perfecto, pero cada vez el bloque se hacía más pequeño. Un día el escultor llamó al arquitecto y le dijo que su tarea había concluido. Fueron al templo, y allí, en el centro del santuario, en el altar central, se encontraba el nicho de la divinidad que había de presidir el templo. Y el nicho estaba vacío. El arquitecto entendió. La imagen perfecta de Dios es la no imagen. La plenitud se encuetnra en el vacío. El infinito se toca con el cero. La totalidad surge de la nada. Y cada peregrino al llegar tras una larga peregrinacion al templo sagrado y mirar al altar, veía su propio rostro reflejado en el fondo de mármol pulido del nicho vacío.
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