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Cuesta mucho vivir en Portoviejo
Horacio Hidrovo

Hubo una vez un hombre que vino a Portoviejo de una ciudad pequeña, minúscula, que tenía la fragancia de los campos de Santa Ana.

Domingo 27 Mayo 2007 | 20:29

Vino en autocarril, obra del General Eloy Alfaro, y que entró triunfante a la capital manabita en 1913, cuando el guerrillero ya había sido vilmente asesinado en Quito. Aquel hombre creció, vivió en medio de la pobreza, pero con una alta dosis de honradez. Dejó una novela y varios libros de poesía. En la novela transita el montubio manabita con sus sueños, tristezas, y esperanzas; en los libros de poesía, campea el amor y la ideología del hombre frontal que defiende la dignidad. Aquel escritor murió en un departamento ajeno, arrendado, gracias a la dosificación humana de su hija. Después, con el dinero que le prestó un pariente de Santa Ana, compró una cuadra abandonada, en lo que hoy es la avenida Universitaria. Vendió varios lotes de terreno para educar a sus hijos en la Universidad de Guayaquil. Este novelista, poeta y maestro murió todavía siendo joven, a la edad de 59 años había sufrido mucho, pero supo guardar en silencio la humillación del sistema. Después sus hijos recibieron una pequeña herencia de 16 metros de frente y 38 metros de fondo. Uno de ellos, después de muerta su primera esposa, apelando al buen criterio de sus hijos, por decisión familiar, no se vendió el terreno y fue cedido al desarrollo cultural de la capital manabita. Hoy en una de sus paredes se exhibe una orden de paralización de la obra, una pared en la cual se mostrará a la cultura regional, un gran mural, donde aparecerán figuras fallecidas de la cultura manabita: Vicente Amador Flor, Horacio Hidrovo Velásquez, Wilfrido Loor Moreira, Oswaldo Castro Intriago, Constantino Mendoza Moreira, Othón Castillo Vélez y Manuel Andrade Ureta. Más allá de lo legal o ilegal de la orden, y de los residuos de aluminio de una fábrica, la ciudad, la provincia y el país disfrutarán de observar a estos símbolos de la creatividad, en la realización del maestro de la plástica, Ángel Villavicencio. Es cierto, cuesta mucho vivir en Portoviejo, porque de pronto como que más importara el veneno de una fábrica, perforando los pulmones de los habitantes, que una explanada y una pared al servicio de un auténtico desarrollo cultural.
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