Actualizado hace: 5 horas 37 minutos
Melvyn O. Herrera C.
Ricardo de la fuente…

Esa maravilla tecnológica que nos unió, junto con el periodismo, fue la que me trajo la conmovedora noticia de su eterna partida; me refiero al internet, el positivo modernismo que él y yo usamos para que el orbe conozca nuestras ideas publicadas en “El Porteño”, semanario virtual que mentalicé y con él fundamos, cuyo eslogan fue “Periodismo del mañana” y que subió al éter los primeros minutos del primer día de este siglo, hace más de 15 años, y en un par de ellos, con esfuerzos conjuntos, superamos las metas propuestas estando a punto de imprimirlo, hasta que el destino, por dolorosos motivos personales míos que no vienen al caso, lo impidió; pese a ello nuestra amistad se afianzó más, hasta convertirse en una casi natural hermandad; nuestros cumpleaños eran compartidos lo mismo que cuanta ocasión era propicia para la tertulia o la simple reunión de incondicionales que fuimos.

Lunes 08 Junio 2015 | 04:00

Pienso que pocas personas saben tanto de su novelesca vida como quien escribe; su confianza no tenía límites conmigo, lo que fue tan reciprocado, que un día en el que por cosas de la vida tuve que huir -luego supe que de nadie- no dudé en acudir a refugiarme en su hogar, donde él me acogió generoso y con sus manos me alimentó, porque cocinaba espléndidamente, hasta que aclarado el entuerto ya pude dejar el seguro albergue que él me dio, sintiéndome el hombre libre y de buenas costumbres que siempre he sido.

Acá en donde estoy y escribo, tan lejos, al conocer su deceso no puedo negar que se me han humedecido los ojos por la eterna partida de este hermano de la vida, con quien por última vez compartimos el 14 de febrero -día de la amistad- acompañando a otra gran amiga, Jacqueline Muñizaga, con motivo del cumpleaños de su Ceibo; él estaba acompañado de un familiar argentino, como él lo fue, y lo noté desmejorado en su salud no sospechando jamás que la parca aceleraría sus lúgubres pasos, aunque, luego del natural dolor que he sentido por su definitiva ausencia, hay en mí un contrapunto, una suerte de satisfacción, al comprobar que -conociendo como fue su carácter- él no sufrió en demasía el dolor de sentirse disminuido causando molestias a quienes lo rodeaban.
Aparte de todo, Manta pierde a un hijo que la escogió como madre luego de que con su esposa huyeron de la represión de la dictadura argentina; en este Manabí tuvo sus 4 hijos y  dejó la impronta de su experiencia profesional con su trabajo en este diario y en la ULEAM donde impartió sus enseñanzas, testimoniando su capacidad los libros que escribió. Sobre su personalidad dirán mucho los recuerdos de quienes lo quisimos. Que su prematuro descanso sirva para resaltar el aprecio que Ricardo se ganó en esta comunidad manabita que él tanto amó.
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