Actualizado hace: 9 horas 22 minutos
Pavel Villamar Mendoza
EL CASO DE MR. COREY

En el verano de 1692, en el pueblo de Salem, a pocos kilómetros de Boston, Massachusetts, Estados Unidos, Giles Corey fue acusado de brujería.Más exactamente, fue acusado de “fascinación”.

Lunes 16 Junio 2014 | 04:00

Decían que sus conciudadanos, hechizados por su personalidad, perdían la capacidad de pensar racionalmente, e incluso de protestar, cuando eventualmente estaban en desacuerdo.Según la ley inglesa de la época, para que una persona fuese procesada, primero debía declarar sobre los cargos que le imputaban. Giles Corey se negó a  hacerlo. Y eso era, para los estándares judiciales de aquel tiempo, tan grave como los mismos cargos.Para facilitar la locuacidad del acusado, la ley de entonces facultaba que los interrogadores colocaran grandes pesos sobre su pecho. Un método de convencimiento denominado la “tortuga”. Eso hicieron con Giles Corey.Pero los verdugos no contaban con la personalidad del señor Corey. A medida que avanzaba el interrogatorio, y le colocaban, lentamente, pesadas piedras sobre el pecho, Giles Corey gritaba “¡Más peso! ¡Más peso!”. Buscaba una pronta muerte, que sobrevino al segundo día de la tortura.Recordé este hecho, mientras pensaba lo difícil que es, en el Ecuador, resolver problemas sumamente sencillos, sea en el sector público como en el privado.Años atrás, yo trabajaba en una institución del Estado. Un día, por curiosidad, seguí los pasos que debía dar un contratista para cobrar una planilla. Descubrí que tenía que pasar por “las manos” de diez funcionarios. Bastaba que uno solo pusiera una traba, para que el proceso de cobro se extendiera meses. O años.Seguramente algo ha cambiado desde entonces. Pero no tanto. Según el reporte “Doing Business 2013”, del Banco Mundial, el Ecuador se encuentra en el puesto 139, entre 185 economías nacionales, en cuanto a posibilidades de crear empresas y hacer negocios.
En América Latina, esto es más difícil sólo en Bolivia, Haití y Venezuela. Es más fácil en Etiopía, Uganda, Kiribati, Palaos y Vanuatu.¿Qué podemos hacer para que nuestros funcionarios públicos, y también los privados, aprendan a hacernos más fáciles las cosas, de forma tal que pasemos más tiempo produciendo que tramitando?
No sé qué piensa usted, pero a mí, a ratos, mientras espero la solución de un problema, me da ganas de gritar, como lo hiciera el encantador señor Corey hace ya varios siglos: “¡Más peso! ¡Más peso!”
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