Actualizado hace: 2 horas 42 minutos
Mauro F. Molina-Menéndez
Una voz que clama en el desierto…

P ermítaseme usar el texto bíblico en lo referente a la información sobre el aeropuerto Reales Tamarindos, del viernes 30 de mayo. La decisión tomada por el Concejo Municipal el 12 de diciembre del 2011, expresa lo siguiente “ En aquella reunión de Corporación se resolvió que los predios de la terminal aérea sólo sean empleados para fines aeroportuarios, tras conocerse la decisión del Ejecutivo de cerrar el aeropuerto...”

Lunes 09 Junio 2014 | 04:00

Desde entonces, el clamor, aunque aislado, fue continuo y mayormente de aquellos, como Sancho Correa, expresidente de la Junta Cívica, encadenado a las puertas del campo de aviación. Childerico Cevallos, René de la Torre y de este servidor. Que enarbolando el estandarte pintado con diversos matices y razones, han exigido respetar lo acordado por la benemérita corporación en la fecha antedicha.
Desafortunadamente, las voces levantadas fueron ignoradas, recibieron respuestas negativas o se perdieron en la maraña burocrática del indiferentismo reinante en el que ha caído la sociedad ecuatoriana y particularmente, la manabita.
Mientras unos, jocosamente aceptaron la idea de que los portovenjenses no necesitan aeropuerto porque “sólo andan en bicicleta”, otros se refugiaron en “el que será, será” de la indiferencia socio, histórica del pueblo. Los de aquí, arguyeron que era “cosa de unos cuatro acostumbrados a imponer su opinión, los que están en contra de la desaparición del aeropuerto de Portoviejo...” entre ellos, el alcalde recién posesionado. Los de allá, contando con el presidente Correa que manifestó “no ser factible el aeropuerto, si existe ya uno a sólo 30 minutos”. refiriéndose al aeropuerto de Manta. Así, hoy sabemos el pronunciamiento de la corporación municipal de que se ocupe las instalaciones del aeropuerto en otros programas, derogando la decisión anterior.
Ahora bien, si el Reales Tamarindos no contara con una pista de aterrizaje de 7.451 pies de largo ya habilitados; no estuviera a solamente 130 pies sobre el nivel del mar; hubiera experimentado continuos accidentes aviatorios, y sus instalaciones exigieran costos elevados para su rehabilitación, entonces se aceptaría demolerlo. Y construir uno nuevo en Pachinche adentro, o Casa Lagarto, y “san se acabó”. Pero al hacerlo se minimizará el valor histórico; y el orgullo portovejense de capitalinos, cae de bruces.
Y no hay más de qué hablar y requebrar, fuimos una voz que clamó en el desierto.
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