Actualizado hace: 47 minutos
Xiomara Navas Carbo
Un cuento para niños

En la fiesta del vecindario todos esperaban el reparto de la torta. El maestro de ceremonia la cortó primero en dos partes. Una pequeña que equivalía a la cuarta parte del pastel la dividió en muchas tajaditas para la mayoría de los asistentes.

Viernes 03 Enero 2014 | 04:00

Y el pedazo más grande que era las tres cuartas partes de la torta lo partió en pocas rebanadas grandes para pocas personas. 

La muchedumbre, acostumbrada a recibir los pedazos pequeños, no se percató de la injusticia. Pero un joven audaz y empeñoso reclamó: “¿Cómo es posible que unos pocos se lleven la mayor parte del pastel y la mayoría reciba tan poco? 
Esta injusticia tiene que cambiar” exclamó y ofreció: “Yo voy a hacer una torta más grande para que la gente de mi barrio pueda comer más”.  Alguien le preguntó entonces que con qué dinero pensaba pagar los ingredientes para hacer una torta más grande.  “Ningún problema” – replicó – “el señor Wan del Chifa nos prestará el dinero. Y él está de acuerdo que le paguemos con flores, arboles, mariposas o con el pozo de agua del vecindario”. 
“No” - advirtieron las abuelas y otros tantos. Pero el joven acalorado montando ya un corcel imaginario encantó con sus palabras a la mayoría de los comensales y acalló las opiniones contrarias. 
Y al año siguiente, en la fiesta del vecindario se hizo una torta MÁS GRANDE con el dinero prestado por el señor Wan. Al igual que un año atrás, se volvió a dividir la torta en dos partes: Una que equivalía a la cuarta parte del pastel se partió en muchas tajaditas para la mayoría de los asistentes. Y el pedazo más grande que era las tres cuartas partes de la torta se partió en pocas rebanadas grandes para pocas personas. 
La turba estaba contenta porque, efectivamente, esta vez le había tocado a cada uno un pedacito de torta más grande que el año anterior. Y con el gusto del dulce en sus bocas poco o nada les importaba el agobiante calor que ahora se sentía en el vecindario, sin pozo de agua y con menos plantas y animales.
En la casa del señor Wan, en cambio, se sentía un ambiente de frescura y sosiego. Bajo coloridos parasoles en su cada vez más exuberante jardín, comían sin prisa y acompañaban su gran tajada con bebidas frías, los pocos que recibieron el pedazo más grande de la torta estaban felices porque este año sus rebanadas también se habían agrandado considerablemente. 
Afuera en el vecindario, arrimada a uno de los pocos arboles que quedaban, una anciana cantaba: “Debo entender cómo era antes, porque es lo mismo ahora. Puedo pensar por mí misma. Nadie puede pensar por mí. Si no enfrento el miedo ahora, tendré que huirle de por vida”. 
Y colorín colorado este cuento ha comenzado…
 
 
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