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Una carta a su santidad, Francisco
Una carta a su santidad, Francisco
Por: Mauro F. Molina Menéndez
molinamauro1117@yahoo.com

Jueves 02 Enero 2014 | 04:00

E s muy posible que la presente nunca llegue a su destino. Pero me siento obligado a enviarla. Quizá algún ángel la ayude a arribar a la Santa Sede y no se convierta en “Cartas Que Nunca Llegaron”, de la revista La Familia de los años sesenta.

Su Santidad:  Fui educado bajo los auspicios de la Compañía de Jesús en  Cristo Rey de Portoviejo. Jesús Aliaga, Blas Aladid, el Hermanito Humberto, Octavio Latorre y un sinfín de píos varones, moldearon mi personalidad y espíritu cristianos. Aprendí de ellos, los valores eternos que rigen el destino del hombre. El respeto que debemos a las normas morales predicadas por la Biblia y difundidas por la Iglesia.
Es por esto que en los momentos actuales, cuando la sociedad encuéntrase en estado de ebullición y un malestar humano se agita a su rededor, he querido escribir este mensaje que le dé a la Iglesia Católica la sublime entereza de predicar el Evangelio tal y cual lo ha venido haciendo durante los siglos de su existencia. No acomodando su enseñanza divina al antojo y capricho de los unos, sino al bienestar de todos. 
Ud. lo sabe, Santo Padre. Hay un espíritu de libertinaje recorriendo calles y condados del planeta. Todo lo que agrade a nuestros sentidos corporales, es aceptable. Mensajeros, desde posiciones altamente visibles, incitan a copiar normas del catálogo de turno en asuntos de moralidad y fe a las masas humildes de creyentes que los aceptan. En medio de ello, encuéntrase la debilitada presencia de la Iglesia Católica que  ha venido perdiendo su posición moral. Y que ha sido acusada de solapadora de actos contra natura. Es vox populi que la transparencia de sus actos internos se ha opacado y que su cuerpo visible se haya empañado desde las altas jerarquías eclesiásticas hasta las humildes posiciones de parroquias. Aún en este cataclísmico estado de desconcierto, brilla la esperanza de un futuro mejor. Más ahora, cuando Ud., un americanista de las pampas argentinas, es el encargado de elevar el estandarte de la reconquista espiritual del hombre.
No todo está perdido, Santísimo Padre. El mundo (entre ellos mi hijo de 15 años) aplaudieron su ascensión al papado. Y ese mundo espera de Ud. ¿un milagro tal vez?  Quizá no tanto. Pero ser sí la sólida mano ejecutiva, enguantada en caridad y misericordia cristianas que revierta la caótica situación en que se halla la Iglesia.   Su humilde servidor en Cristo.
 
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