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El pícaro Nicanor y los pataleos de Abelito

E n el corazón urbano de Portoviejo, en la esquina de las calles Ricaurte y Córdova, frente al Benemérito Cuerpo de Bomberos, existió una vieja casa señorial rodeada de amplios balcones, donde habitaba la bella Rosa Té Solórzano, encantadora dama que hizo suspirar e ilusionar a muchos varones de ese tiempo, ella junto a sus hermanos conocidos como los “Cututos”; en la parte baja alquilaba don Jeremías Largacha Bravo con su negocio “Hispano BAR” en la venta de ricos ceviches y cervezas los sostenían él y sus hijos, dos de ellos jóvenes con discapacidad “VIJEI”, y Manuel ambos voluntarios emblemáticos en los desfiles de marzo y octubre de la Casaca Roja.

Jueves 02 Enero 2014 | 04:00

La familia Solórzano estaba integrada por una prole de hermanos con una variedad de vocaciones desde cantantes aficionados, ases del volante, rezadores y locos, eran una versión criolla de la serie de televisión “La Familia Adams”.
Tres personajes ponían la nota musical del relajo y la ironía, Eugenio Té, famoso rezador, cuya tabla de servicios pagados tenía tres escalas, la primera rezó con llanto a todo pulmón y moqueo con amague de tirarse por la ventana; la segunda era con capilla ardiente, velas y dos viejas coronas, y la tercera era rezo apenas balbuceado con cabeza gacha con un reojo de vez en cuando para ver la sapada y por si acaso el finado no despierte.
Le seguía El Pícaro Nicanor, especialista  tejedor en” Paja Toquilla, “era el que sacaba de casillas a Abelito casi lo contagia con sus locuras, se deslizaba con quiebre de cintura estilo Maradona en el dormitorio y se le fumaba los cigarros, se ponía sus escasos interiores y calcetines que eran lavados a mano por su hermano por último lo que más le enfadaba, se le comía la barraca que Abelito escondía como ardilla en el día para saborearlo y degustarlo en la noche al escuchar las telenovelas radiales de ese tiempo  en que no había televisión. 
El zapateo y peleas eran famosas, las perdidas eran a diario Abelito bailaba y brincaba de coraje, Abelito tenía cierto grado de locura, la costumbre obsesiva lavarse unas treinta veces al día sus manos, brazos y cara. Fue chofer profesional, laboró como taxista, trabajó para don Oswaldo Vélez en cuyo automóvil trasladó al presidente Velasco Ibarra, en su visita a Portoviejo desde el aeropuerto hasta la Gobernación, bien enternado cumplió su misión, un lujo que lo llenaba de orgullo.
Era un hombre respetuoso, buen hermano, quería mucho a Nicanor, imitaba a los “Suricatos” en la vigilancia esquinera para que no se escapara; su hermana Santito sufría en silencio tanto desorden y tragedia.
Poco apoco se extinguieron, primero fue su centenaria casa corroída por la polilla y el comején y luego la vida de cada uno de ellos; solo quedó para el recuerdo la leyenda de los “Cututos”.
 
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