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Elegía para Paúl
Elegía para Paúl
Por: Jaime Enrique Vélez

Jueves 26 Diciembre 2013 | 04:00

Cuando lo conocí era estudiante colegial, recuerdo vivamente su abundante pelo lacio, su camisa desabotonada y la corbata azul entre sus manos, el tiempo siguió su ruta, cada quien dedicado a sus tareas personales, de eso se aprovechó el joven” truhan” para convertirse en uno de los nuestros, ya en familia disfrutamos gratamente, era ocurrido, bonachón, exteriorizaba una candidez que circunscribía con lo sublime.

 Como amigo fue leal en todos sus tiempos, solidario en las adversidades y reveses de sus semejantes, paradigma de compañero en su labor profesional. Aquel aciago día de su triste y lamentable partida sin retorno a los brazos del Creador, no le tocaba trabajar. Pese a ello fue a tomar el puesto del maquinista que sufrió una calamidad familiar, no sin antes hacer planes con sus pequeños hijos para asistir a un evento deportivo esa noche a su regreso.  En su viaje de ida, los luceros del alba acompañaron su camino, llegó a su destino y empezó su fragorosa ocupación, tarea que consistía en abrir trochas y senderos en zonas inhóspitas y agrestes para convertirlas en caminos y carreteras que sirvan para mejorar el circuito vial provincial y así el campesino pueda sacar a los mercados de consumo sus productos cosechados en esta feraz campiña manabita, él murió por lo que tanto amó y soñó: trabajar de manera sustentada para lograr el desarrollo sostenido de esta provincia, cuna de sus primigenios, bastión de sus descendientes y la tumba que lo atrapó hasta el fin de sus días. En su viaje de retorno no existió el talante alegre para él, los luceros boreales se convirtieron en incontenibles lágrimas de sus allegados y familiares que incrédulos ante tan espantosa realidad buscaban en el sórdido entorno de la tragedia un porqué, pero todo era dolor, llanto y sufrimiento, no había espacio para buscar una esperanzadora repuesta que aliviara el corazón de tanta angustia. Todo estaba cumplido, la parca había realizado magistralmente su macabro trabajo, llevándose al reino de Hades a  NÉSTOR PAUL, un esposo encariñado y un   padre afectuoso y responsable en el hogar.

El día de sus exequias la ciudad estaba de fiesta, por sus calles principales en colorido desfile se escuchaban los alegres sones marciales tributándole   merecido homenaje a este tan querido terruño, nosotros un puñado de dolientes marchábamos con el féretro en hombros rumbo a su morada eterna, nuestros sones eran tristes y plañideros, allí entre tanto dolor volví a recordar a aquel adolescente de abundante pelo lacio, con su camisa desabotonada y su corbata azul entre sus manos, pero ya no rumbo a su casa sino a la casa del Padre Celestial, porque sólo el trigo que muere sirve para el altar, hasta siempre Néstor Paúl Menéndez Cedeño. De lo dicho se desprende, que no sería sensato, que los ciudadanos, a priori y sin el debido escudriñamiento, llegaren a comprometer su voto por: emociones, suposiciones o propaganda.
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