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La bicameralidad
La bicameralidad
Por: Childerico Cevallos
chcevallos@eldiario.ec

Domingo 11 Agosto 2013 | 00:00

Lo hemos proclamado desde hace buen rato: Hay que pensar en la conveniencia de retomar la bicameralidad en Ecuador, para que las leyes que salgan de la Función Legislativa no sean productos de una ingenuidad juvenil, de una propuesta amañada, de una imposición política o de una soberbia totalitaria.

Pero esto no es reciente. 

Lo mantenemos desde que el sistema fuera cambiado debido a que a los partidos políticos, turnados en el poder, les fastidiaba que sus intenciones de gobernar a su antojo se vieran obstaculizadas por las restricciones -negativas o reformas - que se hacían en una o las dos cámaras en las que anteriormente se dividía el Congreso. 
Generalmente alcanzaban a maniobrar en una, especialmente en la de los entusiastas y bizoños jóvenes.
Pero la otra, en la de los veteranos y mentalmente agudos pensadores, las ligerezas, excentricidades y encubiertos intereses encontraban barreras.  
Los proyectos de leyes, antes de convertirse en tales debían pasar por el cedazo de las cámaras de Diputados y de Senadores. 
La primera formada por legisladores de no más de 35 ó 40 años y la segunda por ciudadanos de mayor edad. 
Se combinaba la vitalidad de la juventud con el reposo de la experiencia. 
Así los errores que se cometieran serían menores.
La frustración política hizo correr la idea que con la unicámara las leyes "progresistas" que requería el país saldrían mucho más rápido, pues al ser un solo cuerpo legislativo el que votara le daría esa agilidad. 
Y se revivió la Constitución del 48 al iniciarse la nueva etapa democrática con Jaime Roldós Aguilera. 
Entró entonces en funcionamiento la Cámara de Representantes, para mezclar tirios y troyanos, en un solo salón, para que legislen en nombre de los ecuatorianos.  
Y el resultado, si bien en sus primeros años dio su fruto, a posteriori la diversificación de personalidades elegidas para la legislatura ha degenerado la función de mayor responsabilidad democrática de cualquier país, como es la Legislativa.
No es que todo ha sido malo, pero no lo deseable para una nación tan hábida de cambios con justicia y respeto.
Para un país que requiere una columna vertebral legislativa erguida, sin hernias ni osteoporosis que le impida hacer genuflexión, sin temor y con energía, pero solo a los símbolos patrios, únicos referentes de lo que realmente hay que venerar.
Hoy, con una legislatura entregada "a las manos del 'señor'", solo resta por ahora esperar que la  escopolamina de las promesas se disipe y un vigoroso despertar corrija nuestro rumbo hacia el rescate de las libertades conculcadas.

 

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