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Eduardo Brito Mieles

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Eduardo Brito Mieles

En memoria de Horacio

POR Eduardo Brito Mieles

Miércoles 05 Septiembre 2012 | 00:00

Todo lo que nos rodea con su belleza intrínseca, amplifica y agranda el deseo de vivir más y mejor en pos de más belleza interior en nuestras almas. Vivir es un deleite espiritual al contemplar y descubrir esa belleza en las virtudes físicas y morales de las personas y los dones misteriosos de la naturaleza. Vivir para gozar a plenitud de todas las formas del arte, poesía, la prosa iluminada y el lenguaje cósmico de la música y pintura, creaciones del ingenio humano de todos los tiempos, como los clásicos de la edad dorada de Grecia, Roma y España y la diamantina de los premios Nobel, vigentes desde 1901.

El hombre lleva más de 30 siglos creando ciencia, belleza y cultura, con su ingenio portentoso para escribir poesía relatos y prosas de hermosura, gracias a la luz que lo ilumina, sobre las sombras y tinieblas de los misterios naturales y sobrenaturales. Verso, poesía, prosa rimada, pintura, música, escultura y otras formas y caminos de expresión estética, con la expresividad vibrante de su lenguaje melódico, forman el acerbo luminoso de la cultura universal. Uno de esos insignes creadores, el humanista y jesuita Aurelio Espinosa Polit, mi maestro de primer año de la Universidad Católica que él fundó en 1946, traductor de Homero, Sófocles y Virgilio, nos hablaba en clase y en su biblioteca, que lo “inefable” transforma lo escrito y lo encumbra a un grado de belleza superior cuando engloba ideas, imágenes, sentimientos y musicalidad cromática y verbal. Decía que aunque indefinible, lo inefable de toda obra bella como la buena poesía, es perceptible cuando nos ilumina y nos hace vibrar. Horacio Hidrovo Peñaherrera, intelectual de nuestra tierra, dedicó su vida a recorrer esos caminos de altas cumbres para su formación estética y cultural con la que vivió intachable, dinámico y a tiempo completo, para con su estilo crear también arte y cultura y prodigarse en civismo. Por ello, esta nota surge a la luz pública en honor de nuestro poeta, en cuya mudanza hacia lo eterno estuve impedido de rendirle mi adiós estremecida; y si bien, los días siguen pasando, Horacio sabe que yo también sentí el dolor profundo de su familia y de sus instituciones de cultura. Sabe también que el arte de su mesura, equilibrio y serenidad para escribir, vivir en paz y servir con lealtad, es el retrato hablado de su vida de creador fecundo, enalteciendo “la nobleza esencial y dignidad de la persona humana”, y buscando siempre ese equilibrio espiritual y material de humanidad y desarrollo, buen vivir del que se habla hoy como meta de fraternidad y justicia. 
El recuerdo de su personalidad echó raíces en todos los sectores, y Horario poeta, Horacio amigo y ciudadano ejemplar, es recordado más allá de las lágrimas del primer llanto y del caudal de flores secadas por el sol y el viento, después que su frescura en el rio perfumó las cenizas de Horacio. <

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