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MONTAJE - Juan Fernando Andrade

EL HOMBRE DE AL LADO

Domingo 02 Septiembre 2012 | 00:00

Si yo fuese profesor de actuación haría que mis alumnos vieran esta película por una sola razón: el actor cordobés Daniel Aráoz.

Les advertiría que la historia no cuaja del todo, que a ratos se extiende sin motivo, se distrae, que si bien el final –específicamente el plano donde uno de los personajes deja morir a otro– es súbito y facilón no deja de sorprender. Les diría eso para que no esperen una gran película y se concentren de lleno en las apariciones de Aráoz.

 
Esta es la primera película en la que veo el trabajo de Daniel Aráoz –más constante en la televisión– y quizás eso esté reduciendo mi percepción al mínimo, pero es todo lo que puedo decir en honor a la verdad. En El hombre de al lado, Aráoz interpreta al vecino de un exitoso arquitecto que, sin el menor tino o respeto por la privacidad del prójimo, decide hacer una ventana en su casa: una ventana indiscreta, por decir lo menos. Este incidente, en apariencia trivial, sirve de excusa para que ambos empiecen una relación extrañísima que a ratos es una comedia negra y por momentos roza el misterio y el terror. Leonardo (Rafael Spregelburd), el arquitecto, es un hombre de mundo que vende sus sillas de diseñador en bienales de arquitectura en Europa, un tipo medio hipster que ya no es tan joven como quisiera pero está en la cresta de la ola. Víctor (Aráoz) es todo lo contrario, lo que en Argentina llaman un “grasa”, es decir un tipo de la calle, chabacano, que no se anda por las ramas y dice lo que tiene que decir cuando le da la gana de decirlo. En esa honestidad o en la honestidad con que Aráoz lleva a cabo su papel está el encanto, su personaje resulta tan cercano (el acento de barrio adentro, el vocabulario de mecánica automotriz, la buena onda) y genuino que logra ponernos de su lado enseguida: quisiéramos tenerlo de vecino aún cuando le da por martillar en la mitad de la madrugada o hacerle el amor a su chica a vista y paciencia de todo el mundo y con música al máximo volumen.       
 
Hay una intención clasista en esta película: demostrar, como lo han hecho tantos otros, que la gente sencilla tiene mejores intenciones y a menudo es más feliz que la que se complica con fama y fortuna. A estas alturas del partido y del cine latinoamericano ese propósito no es suficiente, pero todo sea por conocer un poco más del vecino más extravagante que haya llegado a nuestra cartelera este año. De hecho, uno se queda con ganas de saber más sobre Víctor, pero es justo esa pequeña dosis la que lo hace tan grande.

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