Actualizado hace: 2 horas 34 minutos
Gino Martini Robles
Eloy Alfaro, ayer y hoy

Prontamente comenzó la ensangrentada faena. La crueldad, la barbarie, el crimen y la venganza se procuraron de la mano de asalariados del régimen, con prostitutas, matarifes, clérigos y cocheros escribieron una de las páginas más vergonzosas de la Historia del Ecuador. El populacho adoctrinado, sermoneando por politiqueros y curas, gobernantes y oportunistas, junto a varios miembros de la clerecía, asaltó el panóptico e iniciaron la inmolación de los mártires.

Miércoles 01 Agosto 2012 | 00:00


Eloy Alfaro, que ante el griterío se acerco a las rejas de la celda, fue apuntado en la cabeza con un rifle, que disparó inmediatamente, el cochero José Cevallos. El viejo luchador cayó fulminado. Posteriormente fue sacado de la celda y junto a sus compañeros de infortunio, que también fueron pasados por las armas, sufrieron la amputación de sus cuerpos, para inmediatamente ser arrastrados por las calles de Quito. Precedían tan macabro espectáculo gente de la más baja ralea, hampones y canallas, mientras en algún salón del Palacio de Carondelet, los miembros  del gobierno festejaban un cumpleaños cualquiera, aparentando ser ajenos a lo que ocurría en las calles.
El espectáculo superó a las palabras. Sencillamente es inenarrable. Gente sedientas de sangre condujeron los cuerpos hasta El Ejido para incinerarlos. Un Vía Crucis lleno de curiosos miraban a  los ejecutores cada vez más exaltados, pero otros se apartaron tras algún recodo, y desaparecieron. Cada vez se quedaban más solos. Los consejeros, los promotores no asomaron por ninguna parte. Nunca se manifestaron los fervientes servidores del régimen, los que suplicaban justicia y los que pedían desquite.
En el  instante que los cuerpos de Eloy Alfaro y de sus tenientes, alcanzaron el Ejido, el vandalismo y la bestialidad adquirieron caracteres de una escena infernal. Los cadáveres, previamente rociados con kerosene, fueron incinerados, mientras ese enjambre de rameras y haraganes cabrioleaban bruscamente en rededor de la pira. Consumado el hecho macabro en contra de los héroes liberales, sus  autores materiales, los asesinos y verdugos se retiraron pacíficamente a sus casas como si nada hubiese ocurrido. Doña Ana de Alfaro, en su lecho de muerte terminó perdonando a los asesinos, cuando en un último suspiro, sentenció diciendo-Crimen, fue peor que un crimen, fue una equivocación, porque el camino del guerrero es complicado, incomprensible y glorioso-
En los últimos días de su vida, así como en la muerte, Eloy Alfaro, tal profeta desarmado, él necesariamente habría de resurgir de la Hoguera Bárbara para tomar su desquite con aquellas armas que están en manos de los profetas y los hacen invencibles. Sus ideales, la Constitución de 1906 y el ferrocarril, son fuentes de inspiración para gobernantes y gobernados, cien años después de la inmolación de Eloy Alfaro.<

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