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Giorgi Gorozabel Vínces
Horacio y la identidad montubia

El Censo Económico, de Población y Vivienda sirvió para que junto con mis hijos tomáramos la decisión de asumir como propia la identidad montubia. Con esto documentábamos lo que estaba presente en el fluir de la sangre, en lo que formaba parte integrante de nuestra cotidianidad. Sentirnos libres, altivos, rebeldes amantes del campo y la naturaleza, de los pájaros y las gaviotas, de los peces y caracoles.

Jueves 26 Julio 2012 | 00:00


Arador de la tierra y cultivador de sueño. Vigoroso como los ríos y luchador incansable por las utopías. Impertérrito ante la dureza de la vida y manso y humilde al instante de la ternura. Abnegado, laborioso y solidario, identificado con los amaneceres y con la proyección del sol en los ocasos y especialmente de  aquellos hermosos atardeceres marinos. El antecedente más cercano de esta nuestra montubiedad lo teníamos en el año 1977, en que al concluir nuestros estudios en la Universidad Central nos correspondió tomar una decisión de vida: ¿Dónde ejercíamos  nuestra recién adquirida profesión de abogado? Estando cómodos en la capital, nos sentíamos enclaustrados en ese casco histórico-colonial. Nuestro espíritu de hombre libre clamaba un habitad que favoreciera su exteriorización rebelde. A mis 25 años me definí “como un hombre de mar y de montaña” y decidí retornar a la tierra en donde nací. Hoy, cumplidos los 60, un nuevo acontecimiento me hace tomar mayor conciencia del significado de mi identidad asumida.
El jueves 7 de junio, Simón Cedeño Paladines, en el Café Literario Argos de la Casa de la Cultura, leía una entrevista que en el año 1992 había realizado a Horacio Hidrovo Peñaherrera-Patrimonio Cultural de Manabí, en que decía que hablar de Horacio es hablar de las avecillas, de los pájaros que son hijos del viento, de las manzanas para los niños del mundo, es hablar de “Vuelta Larga”, Poza Honda y nuestro río, el río grande, el Portoviejo. Es hablar de la casa de campo, del bollo de plátano y maní, del café pasado, del currincho, los pasillos y las tejedoras manabitas y los tejedores de sueños. Entonces vino a mí la imagen del Horacio maestro, de aquel letrado profesor que sin textos en sus manos, en las aulas del centenario “Olmedo”, con su claro y sencillo verbo impartía sus lecciones en búsqueda de la verdad Socrática, que la teníamos en nosotros mismos, que la guardamos en el “niño” que llevamos dentro, que están en las cosas sencillas de la vida y que se atesoran en el alma montubia y en el corazón del pueblo.
Entonces comprendí con total claridad el rol y la labor de Horario. Fue el labriego que sembró la impronta que ahora germina en esta decisión de vida, que ahora asumo humildemente y con mucho orgullo, esta mi identidad cultural montubia. <

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