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Los años viejos
Los años viejos
Por: Santiago Rivadeneira Aguirre

Martes 24 Enero 2012 | 00:00

La irreverencia y el cuestionamiento al poder, marcan las fiestas populares con las cuales se pretende despedir al año que termina y dar la bienvenida al nuevo ciclo de un tiempo distinto y fecundo. Hay una “dramaturgia social” muy ligada a lo carnavalesco, en el sentido de que la euforia colectiva intenta, por algunas horas, invertir el orden del mundo.

 

Sexualidad y sensualidad burlescas sirven para caricaturizar a propios y extraños. Es un sueño recíproco, compartido, de deseos mutuos porque el estado de cosas cambie. Esa percepción del tiempo se escribe como una trama de paradojas de orden lógico y metafísico, frágil, de decisiva duración, que reclama la sugerida amenaza de un tiempo suspendido que siempre se cuenta al revés: diez, nueve, ocho, siete, cinco… hasta el momento en que se arriba a un espacio fronterizo en el que la aventura de la imaginación estalla, exorcizada por la figura melancólica de una “monigote” rellenado con aserrín o papel al que vamos a incinerar. Los Años Viejos son parte de nuestra frívola mitología personal, que en medio del linde del año que termina y del que se inicia, finalmente corresponde a todos los presentes que alientan el fuego para consumar los malos pensamientos. Por eso mismo la racionalidad ya no existe; tampoco el tiempo de la cotidianidad. Incluso el lenguaje sufre espectaculares transformaciones. Y los seres humanos de todas las condiciones sociales, cambian de máscaras para improvisar roles distintos, porque ahora, en ese tiempo detenido de la cuenta regresiva, la voluntad estética manda a la apariencia sociológica. Y no existe nada de comparable con esos roles virtuales: la viuda que lamenta la muerte de su consorte, los espectadores y transeúntes que se suman al cortejo funerario, los payasos y los mirones de a pie. Esa especie de sonambulismo social choca con obstáculos insuperables porque después de la última campanada, hay que restaurar el tiempo de a de veras y devolverle al mundo sus particularidades esenciales. Los demás recuperamos el sentido de la realidad sobre las cenizas aún chirriantes del Año Viejo, la condición de seres tangibles ya en la vigilia, ya en el sueño y el comercio recíproco del orbe cotidiano porque tiempo, espacio y casualidad son solo metáforas del conocimiento con  las que intentamos explicarnos las cosas. Todo lenguaje es parcial, una forma de expresión hecha a la medida de los seres humanos. El lenguaje no nace de la “verdad” sino de la memoria, de la escucha y del presentimiento. En cambio olvidar es desaprender y en ese sentido, los Años Viejos nos muestran, a fin de cuentas, que representar es recordar. Y la fiesta popular siempre será una maravillosa y a veces impúdica representación.   <
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