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A cien años de la muerte de Alfaro
A cien años de la muerte de Alfaro
Por: Thalia Cedeño Farfán
taliaced@hotmail.com

Sábado 21 Enero 2012 | 00:00

En este Quito de múltiples inviernos, soleadas mañanas y noches de bruma se vivió hace casi cien años, una tragedia que enlutó el corazón de América: el asesinato de los Generales Alfaro y varios de sus lugartenientes. Los Alfaro, ilustres hombres de nuestra tierra y de Montecristi o monte del cristo, tierra del cristo, es decir del más auténtico y noble de los ecuatorianos de su época, don Eloy Alfaro Delgado.

Dícese que cuando llegaron los Alfaro a Quito1, ya presos, la muchedumbre alborotada los esperaba gritando “mueran los bandidos” “viva la Iglesia” “mueran los masones”. Se los juzgó de forma equivocada por querer cambiar los destinos de la patria. Querer cambiar los destinos del Ecuador fue suerte de varones nobles. A éstos no había que mirarles las manos ni espulgarles los bolsillos como lo hizo la turba quiteña entre soldados, mujeres malolientes y demás rastrojos de la calle 24 de Mayo aquel 28 de enero de 1912. Sin embargo lo hicieron, los despojaron de sus vestiduras y le golpearon las manos preguntándoles dónde habían escondido el dinero del ferrocarril que se presumía habían robado. A don Eloy le sacaron del bolsillo un antiguo reloj y un pañuelo;con las camisas y pantalones de los muertos hicieron jirones que colocaron en  palos como banderas y otros, hacían gala de haberles dado muerte. Cuando les peguntaban los que escuchaban los disparos ¿de dónde vienen? Venimos de dar muerte a los bandidos, a los Alfaro, ahora los vamos a arrastrar, a quemar para que no vuelvan más –respondían-.
La muerte de los Generales Alfaro la orquestaron desde el propio Gobierno. Hoy sus muertes serían juzgadas como crímenes de Estado porque para matarlos  los llevaron a Quito, para aparentar  tenerlos a mejor resguardo, pero era para matarlos y entregarlos a una jauría sedienta de bendiciones. La misma tropa entregó las armas al pueblo, dio el paso libre de los bárbaros y ayudó a sacar los cadáveres de sus generales para ser arrastrados y concelebrar su orgía sangrienta.
En el Palacio de Gobierno, el presidente, un tal Carlos Freile Zaldumbide y su orquesta de corruptos habrá festejado la muerte de los Alfaro, a quienes temían. 
¿Doblaron las campanas de la Catedral de Quito por estos liberales? Alguien tocó la puerta al Arzobispo González Suárez y le pidió que se lo permitiera, a lo que el  historiador preguntó para qué querían que tocasen campanas, y la respuesta fue “porque debemos alegrarnos de que hayan desaparecido los que tanto perseguían a la Iglesia”. Murieron aquella tarde del 28 de enero de 1912 el Cristo mayor de Manabí,  don Eloy Alfaro Delgado, y sus hermanos Medardo y Flavio Alfaro, Ulpiano Páez, Manuel Serrano y el periodista Luciano Coral, mientras el Ecuador entero  teñía de luto e ignominia su triste y a veces caricaturesca historia política nacional.  
Alfaro amó  la verdad como el más importante valor espiritual de su vida. ¡Por eso la historia no se puede cambiar!
 
1.- Visión Actual de Pío Jaramillo Alvarado, Documentos del Seminario Nacional, Loja 1988.
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