Actualizado hace: 3 horas 56 minutos
La palabra empeñada
La palabra empeñada
Por: Eduardo Aráuz Fernández

Miércoles 27 Julio 2011 | 00:00

Antes de que los abogados inventen los contratos y pongan las famosas cláusulas que se interpretan de acuerdo a la conveniencia de cada cual, nuestros lejanos antecesores ponían en práctica un verdadero contrato que no admitía interpretación alguna y que se respetaba y cumplía a rajatabla: La palabra.


Apenas podía haber algo más humillante y vergonzoso que no cumplir con la palabra empeñada. El más grande  deshonor era ofrecer algo y no cumplirlo. La sociedad entera señalaba con el dedo al infractor y la condena moral significaba más que años en una cárcel.
De otro lado, el más grande de los reconocimientos públicos era hacer honor a la palabra dada. No importaba que por cumplirla fielmente llegara a causar una infelicidad o desmedro en el patrimonio familiar.
Ningún dinero era suficiente para pagar la deuda de no haber cumplido con la palabra empeñada. Ninguna otra satisfacción era tan plena que cumplir con lo que se había pactado.
En los tiempos de ahora nos estamos irresponsablemente acostumbrando a ver que cada día se ofrece más y se cumple menos. Cada día empeñamos más nuestra palabra y la incumplimos más.
Si se procede de familias que toda la vida por tradición han cumplido con su palabra, ¿por qué ahora no seguir con esa buena conducta honorable? ¿Por qué buscar ser señalado por incumplimientos que muchas veces no sólo afectan al infractor sino que penosamente también alcanza a su entorno familiar?
Al comentar este tema del irrespeto a la palabra empeñada no he querido inmiscuir a nuestros políticos, porque para nada me gustaría arar en el mar, dado que ellos, como los portaestandartes de la demagogia, no creo que conozcan el sagrado respeto que merece la palabra que se da, especialmente antes de lograr sus objetivos electorales.<
 

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