Actualizado hace: 41 minutos
Alberto y Charlenne
Príncipes unen sus vidas

Pese a los rumores de una supuesta separación, Alberto II de Mónaco y Charlene Wittstock celebraron ayer su boda civil, una ceremonia seguida atentamente por todos los monegascos, que celebraron especialmente el momento en el que la pareja salió a saludar desde el Palacio y correspondió a sus aplausos con dos besos. Hoy se efectuará la ceremonia religiosa.

Sábado 02 Julio 2011 | 00:00



La boda duró apenas quince minutos y fue oficiada por el presidente del Consejo de Estado, Philippe Narmino, que les expresó en francés, lengua oficial del Principado, su alegría por unirles en matrimonio, según informó la Agencia Efe.
Unas ochenta personas, incluidas sus respectivas familias y las autoridades del Principado, fueron testigos directos del enlace, pero más de 3.000 monegascos esperaban al ya matrimonio en la plaza del Palacio, vestidos también de fiesta.

 VESTIMENTA. La novia, con el pelo recogido, falda larga y chaqueta, iba vestida -según fuentes de Palacio- con un traje diseñado por ella misma, pese a que en un primer momento se informó de que era de Chanel. Con esta boda se acalla el rumor que circulaba con fuerza desde hace días sobre un supuesto intento de fuga de la novia a su país natal, Sudáfrica.
El programa de la boda civil se cumplió al milímetro,y Charlene, convertida en princesa, ejerció a la perfección su nuevo rol de primera dama, estreno en el que contó con la compañía, entre otros, de sus padres y sus dos hermanos.
Hoy tras la ceremonia religiosa, la pareja hará el acostumbrado el recorrido nupcial por los lugares más emblemáticos del Principado, en un Lexus LS 600h Landaulet concebido especialmente para esta ocasión.
El día de ayer les acompañó y el sol abrasador que brilló durante toda la ceremonia dio una perfecta conclusión.<

 

»En Mónaco las prefieren plebeyas«

Al casarse con el príncipe Alberto II de Mónaco, la ex campeona de natación Charlene Wittstock se inscribe en una larga tradición familiar: las uniones fuera de la nobleza, con gente plebeya, son cosa común entre los Grimaldi. 
Este vínculo apasionado entre los Grimaldi y el poder mediático se puso en marcha con el casamiento de Rainiero III con la encantadora, pero, sin embargo, plebeya, Grace Kelly, en abril de 1956. Ella abandonó su carrera fulgurante en el cine para convertirse en el emblema real glamoroso. Rainiero, decimotercer príncipe de Mónaco, tenía entonces 33 años, había frecuentado a la hija de una florista, la comediante Gisèle Pascal y se preocupaba, con razón, por su descendencia. Desde ese punto de vista, la hermana de Rainiero, la princesa Antonieta, baronesa de Massy, lo imitó al casarse tres veces: con un campeón de tenis, un escribano y, finalmente, un bailarín estrella. Todos plebeyos. En los años 80, Carolina de Mónaco desposó a Philippe Junot, en junio de 1978, lo que provocó la contrariedad de su madre, Grace Kelly, que soñaba justamente para su hija una unión con un heredero con título, emparentado con las grandes familias de Europa. El divorcio se produjo dos años más tarde.

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