Actualizado hace: 56 minutos
Fernando Macías Pinargote | E-mail: fernandopiec@yahoo.com
Pinochet ante Dios
Fernando Macías Pinargote

No pudo abrir los ojos y pensó que estaba desmayándose. Atravesó un túnel de total oscuridad y, como en película, divisó al final una luz, sin forma definida.

Jueves 14 Diciembre 2006 | 20:05

Estás muerto, expresó una voz potente ¿Esto es la muerte, quién eres, qué me espera? Estás aquí para rendir cuentas de lo que hiciste en la tierra. ¿Entonces tú eres Dios? Preguntó Pinochet Depende como lo quieras ver, respondió la luz. ¿Cuál es mi destino en esta dimensión, insistió el general? Primero tienes que reconocer lo que aquí ya conozco ¿por qué te acusan de tantas muertes? Dios, o lo que fueres, ¿por qué no me preguntas mejor qué hice por mi país? No eres tú quien ahora impone las preguntas. Responde exactamente a lo que te he preguntado. Bueno, me acusan de genocidio, pero yo no tengo la culpa de que mis subordinados hayan asesinado. Ya viste, ni en tu hora final eres sincero. Tú sabes que en el mando militar todo va de arriba hacia abajo. Acá sabemos lo que dijiste e hiciste. Mira Dios, con tu perdón, yo prometí mano dura, pero a los míos se les fue la mano. Dime, ¿y cómo es que te atribuyes el éxito económico de Chile? ¿Significa que allí sí funcionaron perfectamente tus órdenes? ¿O acaso lo que llamas éxito económico no es tuyo sino de los que con estadísticas se esforzaron por disimular la masacre? Dios, yo soy católico y me acojo a tu juicio, pero debes comprender que cumplí con el deber sagrado de salvar a mi patria. No sé cómo la salvaste, porque hasta en tu muerte has despertado enfrentamientos y divisiones entre los chilenos. Bueno Dios, entonces júzgame. El tipo de juzgamiento que te corresponde no es el que tú imaginas, tu hoja dice que eres responsable de más de 3.000 muertes. Lo que te toca ahora es seguir caminando por el túnel. Pero Dios, no me abandones, pido un juzgamiento justo. Pero nadie respondió. Sintiéndose sólo, Pinochet empezó a caminar. A lo lejos divisó una muchedumbre y pensó que había llegado al sitio exacto de su confinamiento. Poco a poco las siluetas fueron visibles y entonces el general pudo distinguir manos cercenadas volando, testículos destripados temblando, vaginas destrozadas retorciéndose, hígados triturados estremeciéndose. En ese momento los cantantes mutilados, los luchadores electrocutados, las niñas violadas, los desconocidos lanzados al mar, habían llegado a su lado. Empezaba para el dictador una nueva historia, hasta la eternidad.
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