Actualizado hace: 6 minutos
Ejemplo democrático
Ejemplo democrático
Por: Luis Herrería
luisherreria@gye.satnet.net

Sábado 08 Enero 2011 | 00:00

Asqueado ante la tiranía y estulticia con que se viene gobernando al Ecuador y fastidiado con el cínico sonsonete de mediocres esgrimido por aquellos que ni siquiera han leído a José Ingenieros, hemos decidido remontarnos a Pericles (495-429 A.c.) para ejemplificar lo que fue un estadista en la antigua Atenas, precisamente en la época que tuvo abundancia de ilustres hombres como Milciades, Temístocles, Cimón, Arístides, etc., todos quienes estaban en condiciones para dirigir la nave de la ciudad-Estado, sin que ello ocasionase la tortura mental de Pericles, ya sea por envidia, rabia o impotencia, porque sólo los mediocres encuentran fantasmas hasta en la sopa, tiemblan ante el menor gesto disidente y actúan condicionados a las fórmulas grotescas que imitan de los extranjeros.


Nada puede darnos noción tan clara de los ideales de la Atenas del siglo V A.c. y de la habilidad con que trató de llevarlos a la práctica, como ciertos pasajes del discurso de Pericles en el funeral de los atenienses que murieron en una expedición militar. Pericles pronunció aquel discurso delante del pueblo reunido en Asamblea, y lo recogemos como expresión paladina de un pensamiento que conserva, entre las galas de la elocuencia, señales evidentes de haber sido profundamente meditado: “…Nuestro gobierno –dice Pericles- no pretende imitar el de nuestros vecinos; somos, muy al contrario, un ejemplo para ellos. Porque si bien es verdad que formamos una democracia, por estar la administración en manos de muchos y no de unos cuantos, en cambio, nuestra ley establece igual justicia para todos. No hay privilegios en nuestra vida política, ni en nuestras relaciones privadas; no recelamos unos de otros ni nos ofendemos por lo que haga nuestro vecino, aunque no nos guste. Mientras vivimos así libres en nuestra vida privada, un espíritu de mutua reverencia prevalece en nuestros actos públicos, y el respeto a la autoridad y a las leyes nos impide obrar mal. Tenemos además en gran estima a los que han sido elegidos para proteger a los débiles y practicamos la ley moral que castiga al transgresor con un sentimiento general de reprobación”.
Así hablaba Pericles hace dos mil quinientos años.
Hay que reconocer que nunca se expresaron con más claridad estos principios. Todos los ciudadanos tienen los mismos derechos. La libertad y la justicia son iguales para todos; la ley impera, pero más aún el sentimiento del deber, y el culpable teme, más que a la sentencia del juez, la condenación de sus ciudadanos.
Claro está que entre los tres grandes amigos de Pericles estaban el filósofo Anaxágoras, el historiador Heródoto y el escultor Fidias. Jamás hubiese aceptado que ni se le acerquen terroristas como Ahmadinejad, patanes como Chávez o ignaros como Ortega. <
 

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