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Con cariño para  el Doctor
Con cariño para el Doctor
Por: Jaime Enrique Vélez

Viernes 07 Enero 2011 | 00:00

Con el pasar de los años entendemos que los verdaderos amigos son mucho más preciados que cualquier cantidad de dinero, mientras el hombre como género crece en años, aprende que los amigos leales son escasos, son muy raros y esa característica te obliga a luchar por mantenerlos a tu lado; caso contrario corremos el riesgo de estar rodeados de falsos amigos que cuando estamos en buena posición nos adulan y cuando estamos mal ni nos conocen.


Mis recuerdos  me remontan  a los finales  de los años sesenta, cuando era un chiquillo escolar  y el  bien  recordado  doctor  Augusto  Pérez Mostedeoca vivía casi al final  de la calle Córdova, vecino  del parque  Cayambe. Mi madre y mi  tía trabajaban en la casa del galeno, razones más que valederas para que yo llegara hasta esa barriada que con el pasar de los tiempos  me acogió. Me era bastante familiar recibir casi diario al médico, abrir las puertas del garaje; y él, con una  sonrisa a flor de labios, un gesto con la cabeza y un espontáneo “muchas gracias Jaime”, agradecía mi entrometimiento. Luego raudamente subía hasta su departamento.
El doctor Pérez trabajó por varias décadas en el hospital  de Portoviejo, no  escribo regional  porque  él laboró en el viejo  nosocomio  de la ciudad; recuerdo que su entrada  principal era por la calle Rocafuerte y tenía  a ambos lados altas palmeras que nos daban  la bienvenida, después construyeron  la actual infraestructura donde aplicó sus vastos  conocimientos de la medicina  hasta  casi el final de sus días.
Por las tardes atendía en su consultorio particular, ubicado en la esquina de las calles Chiles y Córdova, en una casona  grande que el modernismo  se encargo de aniquilar.
Portoviejo lo tuvo  como concejal  y como  alcalde encargado, dejando  una impronta de acrisolada  lealtad para su ciudad  y un respeto irrestricto para las arcas y los bienes del cabildo, cosas que por estos tiempos parecen  ser fábulas o cuentos de hadas.
La sala de niños del hospital ya no tendrá  a su jefe, al doctor  Pérez, ya no contará  entre los suyos  a aquel  hombre altruista que por más de media centuria  de años  demostró con el servicio  y querencia a su profesión  que la verdadera  fortaleza del hombre  radica en ayudar y socorrer a los más débiles.
Hoy ya descansa en los brazos  de nuestro  Creador, y en el azul infinito del cosmos  resalta una límpida estela que trasluce las virtudes de Augusto Aníbal Pérez Mostedeoca como hijo, esposo, padre y médico. De ello damos fe los que en nuestras dolencias siempre acudimos a él, porque nunca cejó  enfrentarse contra las enfermedades y si perdió alguna batalla lo hizo en buen combate, porque cumplió  el juramento  de Hipócrates, tuvo la paciencia  de Job, la convicción de Tobías y la sabiduría exuberante para servir  a sus hermanos.
Paz en su espíritu y a sus familiares mis más sentidas condolencias  de pesar. <

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