Actualizado hace: 1 hora 38 minutos
Carol Murillo Ruiz
Que vengan los dinosaurios
Carol Murillo Ruiz

El artículo anterior, “Los extraterrestres”, produjo en varios lectores virtuales casi un síncope. Desde indagar si alguna vez he sido “contactada” por un alienígena hasta si la soledad induce a que mi cabeza rumie locuras. Me he reído mucho. Siempre gozo cuando escribo y más cuando leo. Alguien me escribió: “¿Qué le ha pasado?, ¿ya no escribe de política?, ¿por qué?, ¿tiene contactos celestes o tiene contactos con el gobierno?, ¿cuál de los dos contactos la asusta más?”.

Viernes 08 Diciembre 2006 | 20:16

Esas y otras consultas me llevaron a pensar en la aparición del hombre sobre la tierra; la especie a la que pertenecemos: el homo sapiens sapiens. Y claro, en la Tierra, tan azul y tan terrígena. Supongo que la gente no cavila mucho en estas cosas porque se ha acostumbrado a recibir el sol cada día, y resoplarse en la noche para eternizarse en la nada. Así es la belleza de la vida: eternizarse en la nada. Se sabe que hace 8 millones de años empezó el proceso evolutivo del ente que hoy se identifica como hombre moderno. Y que tal como lo conocemos hoy, digamos, lo más cercano al hombre que conocemos hoy, comenzó su metamorfosis hace más o menos 150 mil años. Eso se llama hominización. Pero bueno, antes/mientras, la formación de nuestro planeta calculada en unos 4500 millones de años, es decir, la explosión de algo fantástico: la Tierra por fuera y por dentro: una suerte de volcán, de piedras y polvillos ardientes y fríos. Y mil millones de años después: las bacterias, o sea, la vida. Evolución y extinción. Toda una película de ciencia ficción. Es como decir que en esa “época” oceánica, yo, no era yo, sino una medusa producto de larguísimos ramajes primitivos/evolutivos. Pero no soy una medusa. Ni en esa época; ni ahora, creo. Luego, un salto, titánico salto: los saurios, los dinosaurios. Y otro salto: luto dinosáurico. Más tarde: la era mamífera. Y después, Nosotros, de modo pausado, prolongado, lentísimo, en una agitación de mil sombras, se armó lo humano. Manos. Cerebros. Tronco erecto. Cuento esto porque es interesante recordar segmentos de nuestro bípedo ser, del tronco terrícola. Y porque lo extraterrestre nos convoca desde la bóveda del limbo no solo para cruzar coordenadas cerúleas sino dilemas colonizadores, quiero decir, opciones de vida en otras esferas, como aquella que propuso el científico Stephen Hawking la esta semana: migrar al cielo. Vivimos mundos doblados. Sabemos poco del camino humano en determinadas vetas del día moderno, no digamos del día antiguo, pre-histórico. Y no extirpamos las castas que se han fundado ni las turbias reglas que han represado el desarrollo social general. Profesamos las reglas de los otros pero no estamos aptos para afinar una línea libertaria que nos provea de luz, de futuro. Lo ordinario nos subsume. Exigimos millones de años para saltar lo humanoide. Precisamos otros dinosaurios para huir de ellos y erigir otro mundo, otra tierra. Necesitamos huir para saber que la libertad está en otra parte. Necesitamos dinosaurios para huir, para gritar. Que vengan los dinosaurios.
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