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TENGO LAS MANOS ÁSPERAS
TENGO LAS MANOS ÁSPERAS
Por: Benhur Rodriguez Parraga

Sábado 25 Diciembre 2010 | 00:00

“Pero hay pan en mi mesa/ tengo las manos ásperas pero hay luz en la casa/tengo las manos ásperas; me honra su aspereza/ porque así fueron todas las gentes de mi raza”.

 Estos son los primeros versos del escritor Uruguayo Emilio Tacconi, siendo una de las poesías preferidas que siempre declamaba en las reuniones del Senado de la Cámara Junior Internacional (JCI) el dilecto amigo Augusto Pérez Montesdeoca. Lo conocí cuando yo era muy pequeño y me tocaba llevar a  mis hermanos al materno infantil y luego al Pisma porque mis padres trabajaban, me llamaba el papá chiquito. Es que así era el doctor Pérez, médico entregado a sus pacientes en un centro de salud público, ayudando desinteresadamente, juguetón , molestoso y amable. Deje de ir con mis hermanos a su consulta y lo perdí de vista, hasta que por varias ocasiones curó dolencias de mis hijas, más que con medicinas, creo que  con el trato amable y burlón para con los niños. Seguramente aquellos que lo conocieron más a fondo en su diario trajinar en el hospital civil de Portoviejo podrán describirlo mejor en su dimensión de humanista. Nuestra amistad realmente empieza en 1990 cuando ingrese en la Cámara Junior de Portoviejo, donde él había sido presidente del capítulo e impartía experiencias ya como senador de la misma. “No me avergonzó nuca mi heredada pobreza/ ni me achico tampoco la humildad de mi traza; tengo las manos ásperas pero hay vino en la mesa,/ tengo las manos ásperas pero hay paz en la casa”.
Sencillo, humilde pero orgulloso de sus ancestros,” tremendo anfitrión”, como dice Joel Alcivar; vivió sin opulencia y en paz, pero  educó a sus hijos,  seguramente con las manos ásperas, pero limpias por su transparencia y accionar en las funciones que alguna vez le toco desempeñar. “Mientras los ricos guantes tu las tuyas enfundas/ yo, por llenarme todo de asperezas fecundas, /quisiera veinte manos en lugar de estas dos…” Y es que sus dos manos no bastaban para la atención a sus pacientes y amigos; quería y lo entregaba todo sin mirar ricos o pobres. “Pues si pulir un rumbo me dejo tales huellas,/ después de haber pulido la luz de las estrellas/ que ásperas las manos le habrán quedado a Dios”. Seguro estoy que sus huellas estarán en el rumbo que pulió para su familia, sus alumnos, sus amigos, sin asperezas por lo noble de su ser. Ya debe estar compartiendo y comentando los liderazgos y manejos parlamentarios de su querido Portoviejo y el país, con su compadre Alberto, Carlos, Paquito, Eudoro y otros amigos que se adelantaron en el viaje sin regreso junto al gran arquitecto del universo. <

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